Es verdad que esto de la pandemia está sacando lo mejor de la gente y que se ven gestos de solidaridad, como el que este primero de mes ha tenido mi cruel casero, que he ido a pagarle el alquiler de mi gruta de las Tierras Altas y me ha recibido sin el bate de béisbol.
Además, nada de patadas en las costillas, ni de ahogamiento simulado, práctica que, por cierto, ha sido prohibida recientemente por la FECC (Federación Española de Crueles Caseros), dado que aún padecemos la pertinaz sequía. Y eso, sin duda, apunta a una creciente solidaridad y humanización federativa.
Antes de la pandemia la cosa estaba más durilla, que yo sabía cuando era primeros de mes porque escuchaba los movimientos de tropas a las puertas de mi casa, con arqueros, catapultas y hasta culebrinas de Dijon para perpetrar el asalto a las murallas. Y me asomaba a los torreones de mi gruta intentando forzar una negociación, recordándole al cruel casero que solo era día 2 y que tuviera en cuenta la delicada salud de los niños que no tengo pero que pude haber tenido.
Pero él, frío como cualquier miembro numerario de la FECC, entregaba la lanza al escudero y, sin bajarse del caballo, se levantaba el yelmo, gritándome desde los pies de las murallas, “¡Sir Milton, pagad o a Dios pongo por testigo de que tomaré la fortaleza, me haré con la smart TV como botín y convertiré a las doncellas que habitan la morada en mis esclavas sexuales!”.
Pues lo llevas claro machote, pensaba yo como asediado, que la última doncella que pisó esta mi fortaleza, lleva viajando con el Imserso desde la década de los 90.
Todo eso ha pasado ya a la historia con lo del confinamiento, y ya ni tan siquiera hay que arrojar el aceite hirviendo sobre los que golpean con el ariete las puertas de la gruta, ni el cruel casero trepa por la escala para acceder por la ventana y recuperar la posesión del castillo o pisillo.
Ahora, tras el coronavirus, estamos todos en plan buen rollito democrático y, si no pagas el alquiler, no tienes que agobiarte, cuando te desahucian y la Policía Nacional te arrastra a la calle, en la misma puerta están los miembros de la comisión judicial que te aplauden con fervor, porque con esto del covid, todos somos héroes.
Para serles sincero, se echa de menos lo del asedio, los incendios descontrolados en las murallas, las torres repletas de cadáveres y cuerpos cercenados mientras yo, superado por las infames huestes de mi cruel casero, me defiendo de los policías que intentan desalojarme dando mandobles con la escoba, sujetando en la siniestra el sagrado blasón del linaje de los Milton: mano de pedigüeño sobre campo de gules bajo leyenda que reza "Má vale de pedí que de robá".
No he perdido la hidalguía y el romanticismo ni en los desahucios por impago.
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