Es lo que están diciendo en la tele, que lo de el mogollón en el beach club con mil valkirias exuberantes tiradas sobre las camas balinesas, que es como en Bali se llama a las cosas guarrunas, mientras uno baila sobre la barra jaleado por cientos de hooligans borrachos que te colocan billetes en el refajo, cosa que yo jamás he hecho, es la mejor forma de contagiarte de lo que haga falta.
Y en eso hay que estar con las autoridades sanitarias y preguntarse quién quiere pillar una cosa mala solo porque un grupo de jóvenes caribeñas voluptuosas, provistas únicamente con ínfimos bikinis, pretende instrumentalizarte para colmar su insaciable lujuria.
La pregunta es solo retórica.
Lo cierto, a pesar de que yo soy un ejemplo de prudencia poscoronavirus, es que el otro día me llamó un rastreador de esos que te preguntan si has estado con éste o con aquél que resulta que tienen el coronavirus. Evidentemente le dije que no, jamás. Y que, además, tengo coartada para lo de Kennedy, y que lo mío con la Pataky es solo un rumor malintencionado.
Luego me pregunta si no es cierto que el pasado 18 de julio, día de autos, me encontraba yo en un conocido chiringuito del paseo marítimo, subido en una mesa, esgrimiendo un espeto de sardinas en la diestra, dando vivas al caudillo y a la España grande y libre que soñaba José Antonio.
Por supuesto lo negué, aunque reconocí lo de la mesa y el espeto, pero era porque no me habían dado la opción de exhibirme en la caravana del orgullo gay. Que yo soy un gran demócrata.
Entonces, el rastreador de los coronaviruses, avezado investigador, me interrogó sobre si no era cierto que había correteado por la ciudad semidesnudo, ataviado únicamente con mi elegante gabardina Burberry, mostrando mis vergüenzas a cuantas damas encontraba a mi paso.
Maldita Kim Kardashian, no me perdona haber triunfado en el mundo del espectáculo.
También lo desmentí, ahora en verano nunca uso la Burberry, prefiero algo de Adolfo Domínguez, en lino, ya saben, con cierta arruga informal, elegante pero sencilla, propia del beach resort y de la "marca Marbella". De hecho, siempre que me detiene la Policía Local alaban mi buen gusto.
Aseguré al controlador que yo no tenía el covid-19. Que fue cuando me explicó que él no controlaba a los que estaban enfermos sino únicamente a los que eran unos enfermos sometidos a tutela judicial.
Para serles sincero, me ofendió y le recriminé su actitud, el discurso discriminatorio del que hacía gala. Antes de colgar le pregunté si estaba orgulloso de su actuación, de esa forma cruel de herir a las personas, y sobre qué llevaba puesto. Solo por curiosidad.
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