Aunque admito que, en ocasiones, los turistas resultan molestos, no por tratarse de especies invasoras han dejado de interesarme sus ritos y costumbres.
Y siempre he observado con cierta envidia el hábito que tienen de quitarse los zapatos en cualquier sitio. En el chiringuito, en una terraza o incluso en la calle, aprovechan la menor oportunidad para descalzarse.
Mi primera impresión fue que lo de estar sin zapatos les producía sensación de libertad, la misma que puede provocar corretear desnudo por la Puerta del Sol perseguido por varios policías locales, algo que jamás hice en mis tiempos de universidad.
Estaba claro en todo caso que se trataba de una sensación guarruno-comunista, que invitaba a la lujuria y al libertinaje.
Sin embargo, el rigor empírico me obligaba a experimentar en mí mismo si pretendía que la hipótesis se convirtiera en hecho probado. Por este motivo, una vez que estaba en una concurrida terraza tomando unas cervecillas, después de una buena caminata y con 40 grados a la sombra, decidí quitarme mis botas de la mili para emular a los sujetos de la especie invasora. Ya saben, conoce a tu enemigo.
Los turistas asiáticos, que por ser más bajitos estaban más cerca de mis pies, fueron los primeros en caer. Después, los que estaban en las mesas cercanas, algunos quedaron petrificados aún con la caña en la mano, mientras otros escribían su última voluntad en servilletas de papel. El plato de gambas cocidas que había en una mesa próxima se hizo al pil-pil de forma instantánea. Hasta un valiente camarero que intentó rociarme con un extintor cayó desvanecido antes de lograrlo.
Cubriéndose la boca y la nariz con una servilleta, un señor de Soria, marido de María Jesús, me aconsejó lavar los calcetines. Le expliqué que quería hacerlo pero cuando los compré en 1991, creo que fue en diciembre, por Navidad, venían sin libro de instrucciones. Si se preguntan cómo sé que era de Soria y el nombre de su esposa, me lo dijo antes de expirar mientras yo le sujetaba la mano. Chus, que sepas que no estuvo solo.
Algún temerario intentó hacerse un selfie con mis pies pero fue la última temeridad que cometió. Y hasta vi a uno con barba tratando de atrapar aire en un tarrito. Al preguntarle me dijo que era un yihadista y que siempre había querido tener un arma química en forma de gas.
Hoy, tras la experiencia, reconociendo que lo de estar descalzo producía cierta sensación de libertad, debo decirles que, viendo todos aquellos cuerpos inertes y a los aún agonizantes retorciéndose sobre el suelo, he comprendido que no todo el mundo es capaz de sobrevivir en un mundo libre.
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