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Víctimas del turismo

Milton

Jueves, 20 de Julio de 2017

Ya que el victimismo se ha convertido en este país en una profesión con futuro generosamente subvencionada con fondos públicos, me he puesto a buscar en todos los boletines oficiales algún colectivo que pueda protegerme en mi desamparo.

Lo que pasa es que me he dado cuenta de que el poder público no tiene empatía hacia los que somos las auténticas víctimas de estos meses de verano: los nativos discriminados por razón del turismo.

Admito que la marginación a la que nos someten es sutil, casi imperceptible, pero está ahí, siempre agazapada, lista para pegar el zarpazo y convertirnos un poco más en víctimas.

Lo empiezas a percibir cuando llega mediados de junio y el camarero de la biblioteca de la que eres habitual todo el año ya no se acuerda de tu nombre. Te pega un colleja para que no ocupes esa mesa que es la que le gusta a los turistas y si, como todos los días, pides la caña, te la pone directamente al fondo de la barra, junto a los servicios, para que dejes sitio libre en la terraza, porque los guiris quieren sol.

La cosa se pone más chunga en julio, cuando pagas y dejas los 20 ó 30 céntimos de más. Entonces, tu camarero de siempre sale corriendo tras de ti, te devuelve la propina y te da otros 50 céntimos para que te compres un bosque y te pierdas. Maldita libra esterlina.

Peor se pone la cosa en agosto, que los nativos nos convertimos en casi invisibles. Recuerdo el año pasado, que una de las empleadas del servicio municipal de Limpieza intentó barrerme en Ricardo Soriano y no dejaba de quejarse porque la gente tiraba de todo a la calle.

Y eso no es nada: una noche que me fui a Puerto Banús a reflexionar sobre los presocráticos, me topé con el brigada Quintanilla y sus muchachos en un intrépido control de alcoholemia, detección de narcóticos y blanqueo de capitales.

En realidad había dos controles porque, según me explicó el sargento Peralejos, los nativos pringamos en el clásico, pero para los turistas había otro con una alfombra roja, portero cachas junto a la furgo de atestados y zona VIP en calabozos. Hasta los grilletes estaban financiados por una famosa firma de joyeros. Al parecer así, como en plan Starlite, los turistas no se llevaban tan mal sabor de boca y hasta terminaban haciéndose selfies con los guardias.

Sin entrar a contarles cuando María Vanessa me abandonó por un turista alemán joven, apuesto e inmensamente rico que la deslumbró paseándola en el yate y comprándole joyas carísimas en Gómez y Molina. ¿Ven? Confundió a la pobre chiquilla.

Como ven, los nativos somos víctimas frente al turismo y tendríamos que estar subvencionados, hasta protegidos como el gato ese grande de Doñana.


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