En la lección cuatro -leson for para residentes extranjeros y alumnos de colegio de pago bilingüe- de este Manual del Confinado, voy a instruirles sobre el equipo básico de confinamiento. Les mostraré, no solo qué objetos garantizarán su supervivencia, también adiestraré sus voluntades para no caer en el pánico tan propio de los aficionados.
Por eso, en una situación de confinamiento recuerden siempre lo que nos enseña en cada rueda de prensa el maestro Jedi de los confinados, el general Villaroya, jefe de Estado Mayor de la Defensa: todos somos soldados en esta guerra en la que nos ha tocado luchar y debemos hacerlo como Rambo, “día a día, Dios mío. Día a día”.
En consecuencia, un confinado ha de disponer siempre de un cacillo de aluminio o acero para golpearlo contra los barrotes de la ventana o de la barandilla de la terraza, como hacen los reclusos en las pelis. También conviene tener un pijama a rayas blancas y negras con gorro a juego para involucrarse más en el papel; aunque hay mucho moderno en Instituciones Penitenciarias que considera que este look de presidiario clásico está un poco de modé.
Personalmente, no les haría mucho caso porque Jean Paul Gaultier sigue usando las rayas y nadie le puede acusar de anticuado. Más aún, a estos modernos de la reinserción social les rebatiría su argumento advirtiéndoles de que lo de estar preso con el chandita de Nike, reivindicando la independencia en catalán a la espera de que me concedan el indulto por lo bajini, no es la actitud de un auténtico confinado, ni es propio de caballeros.
Por supuesto, todo confinado ha de disponer de una lima, aunque admito que es solo un detalle romántico por aquello de serrar los barrotes, algo que no debe hacer porque, como estás en tu casa, si jodes los barrotes los vas a tener que pagar de tu bolsillo. No obstante, disponer de lima en un confinamiento contemporáneo sí resulta fundamental para hacer un buen gin tonic. Colocar una filigrana de cáscara entre el hielo junto a dos granos de pimienta verde da mucho sabor y queda elegante.
Finalmente, cómplices. El confinado ha de contar con cómplices que le proporcionen apoyo psicológico. Para ello busque la colaboración de su vecino, preferiblemente el que peor le caiga del bloque, y cuando esté hasta las narices de estar encerrado, salga al balcón y póngale a parir que es, al fin y al cabo, lo que siempre quiso hacer.
Provóquele y anímele a verse en la calle si tiene lo que hay que tener, y cuando salga, llama a la Policía advirtiendo de que hay un hombre violento en la vía pública, profiriendo insultos y violando el estado de alarma. Verán las risas cuando la poli se lo lleve detenido. Es muy relajante.
Y a las ocho, las palmas. Busquen a algunos del barrio que le den a la guitarra, otros con la pandereta y, el año que viene, le piden una subvención a la Junta para participar en el concurso de chirigotas. El confinamiento no está reñido con el arte.
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