Ya cuando entré en la pescadería supe que la cosa no iba a salir bien. Enseguida me di cuenta de que un pez de considerables dimensiones y cara de poco amigos me miraba fijamente de modo avieso, los ojos ligeramente inyectados en sangre y la mandíbula prieta. Era obvio que ese pez no estaba contento consigo mismo.
Pregunté a la pescadera si podía garantizar que el bicho estaba muerto, porque me daba la sensación de que su mirada de psicópata marino seguía todos mis movimientos. Ella me tranquilizó asegurándome que sí que estaba muerto, que a su marido a veces le pasaba igual pero tampoco era peligroso.
No obstante, cuando me dijo que era un mero, entendí la desafiante actitud del pez. Porque esta especie de pescado siempre ha tenido un problema de autoestima. Yo creo que es por lo que pone en el diccionario de la Real Academia sobre el adjetivo “mero”, que define como “insignificante, sin importancia”. Imaginen que van sus padres y le ponen Mero de nombre y tienes que ir por la vida llamándote Insignificante Pérez o algo así. Lógico que a los pocos años tengas la cara de malas pulgas del mero.
Lo cierto es que, aunque yo pueda parecerles ocasionalmente un ser humano oportunista, rastrero y despreciable, lo cierto es que lo soy. Sin embargo, aún conservo conatos de humanidad que me traicionan, así que me llevé el mero a casa.
Admito que, en momentos de debilidad, aún intento convencerme de que la compañía, el diálogo, el cariño y hasta la terapia con un psicólogo argentino, pueden ayudar. Por eso me llevé al mero Mero a casa, con el firme propósito de que, envuelto en el calor de hogar de mi cueva, en las recónditas Tierras Altas, recibiendo el afecto de la gente que le quiere, rodeado de una nueva familia, descubriera que el mundo puede ser un lugar maravilloso, casi como El Corte Inglés, y superara así el problema de autoestima.
Ya de vuelta al hogar iba preguntándome dónde habría metido el collar y la correa que se dejó aquella novia tan peculiar que tuve una vez. Pensaba sacar esa misma noche a mi mero Mero a pasear para que socializara con las mascotas del barrio y hasta llevaría bolsitas de plástico para recoger sus caquitas.
Al llegar lo puse sobre la encimera de la cocina con cariño, le acaricié el lomo y vi que el mero Mero aún conservaba esa mirada atormentada. Entonces, sin dudarlo y de un certero hachazo, le corté la cabeza.
Vamos, que te invito a mi casa y me vas a mirar con esa cara de desprecio y arrogancia. Hasta ahí podíamos llegar.
Creo que mis conatos de humanidad son cada vez más cortos. Será la edad.
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