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Cosas de perros

Milton

Miércoles, 30 de Octubre de 2019

Me estoy planteando presentar una demanda contra Donald Trump por sus hirientes y despectivas palabras sobre la muerte del líder del Estado Islámico, del que dijo que había muerto gimoteando como un perro antes de inmolarse.

Personalmente veo en las declaraciones del presidente norteamericano claros indicios de perrofobia y, además, debo añadir que las aseveraciones de Trump son solo parcialmente ciertas porque yo he tenido perros que no eran terroristas. Más aún, algunos fueron grandes demócratas.

Recuerdo uno que tuvimos cuando yo era niño que no discriminaba a nadie, mordía a todo el mundo sin reparar en ideología, sexo, religión o color de piel. Años después repetimos experiencia con otro que se cagaba y meaba por todos sitios, con especial predilección por las alfombras y muebles caros. Lo que indica que, no solo no discriminaba a la hora de manchar, sino que, además, prefería hacerlo sobre objetos caros, indicio indubitado de que era un gran demócrata y, además, un proletario.

En otra ocasión tuve un perro que se pasaba el día tumbado sin pegarle un palo al agua. Ni ladraba por no hacer esfuerzo. Y, aunque en principio me pareció un animal inútil, ahora, con la experiencia de los años, me he dado cuenta de que no se trataba de una actitud indolente sino revolucionaria, de resistencia pacífica, aunque no por ello menos contestataria. Fíjense, y yo que siempre había pensado que nunca me obedecía porque pasaba de mi, y ahora resulta que era como un Gandhi perruno.

Y aunque hoy eso les parezca irrelevante, hay que ponerse en la España de entonces, en los últimos años de férreo liderazgo del invicto y paseado caudillo, cuando ser demócrata podía provocarte un montón de problemas. Lo que yo les diga, auténtico valor.

Por eso siempre he denostado todos los comentarios despectivos que hacen referencia a los perros y que son, en muchos casos, falsos: “Estar tirado como un perro”, “llevar vida de perros”, “tratarle como a un perro”. Para serles sincero, a veces siento cierta envidia de estas adorables mascotas.

Como aquella vez que vi en Puerto Banús a una de esas valkirias exuberantes de la Europa del Este que acurrucaba cariñosamente al perrito entre sus enormes prótesis de silicona, y yo, que soy profundamente animalista, me puse a gimotear ladridos pedigüeños a ver si caía la breva. Pa mí que habría logrado su afecto de no haber sido por aquellos policías municipales malpensados que me detuvieron al no llegar a comprender que, como cualquier animal, lo de menear el rabo es solo muestra de alegría.

Por eso también he pensado que si el yihadista en cuestión se puso a emitir gemiditos cuando se vio acorralado por un numeroso grupo de fornidos jóvenes soldados de las fuerzas especiales norteamericanas vestidos con ajustados uniformes de combate, a lo mejor no se trataba de una cuestión de falta de valor sino de otra cosa, más en plan Village People. Que se puede ser terrorista y aceptar la diversidad. Digo yo.


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