Es verdad que estamos consiguiendo diversificar el modelo turístico, que ya no es solo "sol y playa" y aumenta el número de visitantes que vienen a pegar la hebra con los empleados del supermercado.
Este modelo no es nuevo, pero gana cada vez más adeptos. Cuando lleguen a la charcutería del super y esté el señor borjamari de polo, bermudas y náuticos, contándole al que corta el jamón lo cambiada que ha visto Marbella desde la vez anterior que vino en 1977, no piensen que les ha tocado otro pesao que está formando una cola kilométrica, sino que están ante el nuevo modelo de turismo.
Y mientras le cuenta al charcutero cuando conoció a Sean Connery en la desaparecida discoteca Regine, se vuelve para ver si los que estamos en la cola atendemos a sus divertidas e interesantes anécdotas.
La esperanza renace cuando el del súper termina de cortar, suelta el cuchillo y le pregunta si desea algo más. Todo el mundo con el corazón en un puño. El borjamari duda e incluso se calla por un momento; entonces dice que le ponga medio quilo de ese quesito curado que tiene tan buena pinta y, por supuesto, lo quiere cortado muy finito. Porque el turista, embargado por la felicidad del asueto, siempre se refiere a la comida en diminutivo: la paellita, unos espetitos, el gazpachito en la playita. Los pringaos que no estamos de vacaciones jamás padecemos este problema.
Retoma su soliloquio sobre cómo estaba Marbella cuando eran unos pocos privilegiados los que venían a hacer turismo, y no como ahora, que viene todo el mundo, que a la gente le das derecho al voto y se cogen el brazo.
Se vuelve otra vez hacia nosotros para señalar que entonces sí que había nivel y confirmar por el silencio nuestra tácita conformidad y, de paso, llamarnos muertos de hambre.
Fantaseamos con la idea de que el charcutero, que es el único que va armado, sufra un transtorno mental transitorio, salte el mostrador cuchillo en mano y se deje arrastrar por su más primitivos instintos. Nosotros declararíamos que el cliente le provocó, y no mentiríamos. Pero no sucede; la actual precariedad del empleo coarta más que nunca al trabajador.
Por eso este modelo turístico se denomina "pa habélo matao" y le pasa como a la gripe, toca una vez al año. El hecho de que no se haya producido un repunte excepcional en el número de suicidios en la ciudad, indica que este modelo aún no se ha desestacionalizado.
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