Admito que ayer me pillaron con la guardia baja, olvidé que ya estamos en verano, que los turistas están llegando, y pagué mi penitencia siendo víctima de un simpatiquillo de barra.
Los visitantes vienen de vacaciones desde sus mundos grises y, al llegar aquí, animados por el sol y el calor, se sienten eufóricos y felices, y rápidamente regeneran sus baterías de buen rollito y felicidad, que siempre intentan transmitir a los nativos que tratamos de no ver alterada nuestra monótona y tranquila existencia. Somos como el lince ibérico en Doñana, deberíamos ser especie protegida.
Es ahí donde nace el simpatiquillo de barra. Y ayer estaba yo sumido en una de mis profundas e inteligentes reflexiones cuando el turista que está a mi lado, borjamari total de Lacoste, bermudas y náuticos, pide disculpas por interrumpirme y me pregunta sobre los puros que fumo. Entonces me di cuenta de que estaba perdido, había pedido disculpas, lo que indicaba que no era de por aquí. No me había pedido tabaco, no había intentado venderme un bolso, ni me había pedido limosna poniendo cara de pena y fingiendo apoyarse en una muleta.
No había duda, era un simpatiquillo de barra. ¡Maldición!. Inmediatamente empezó a contarme los muchos esfuerzos que había hecho para dejar de fumar y , como no salí corriendo, vi que se iba animando. No tardaría mucho en hablarme del calor que hacía ayer en Torrelodones y de lo de su reciente divorcio, en el que ella se habría quedado con todo menos con las facturas. Arpía interesada.
Y cuando ya lo veía todo perdido, aparece el antídoto del simpatiquillo de barra: el camarero pegador de hebras, que inmediatamente entró al trapo y, sin soltar la bandeja, pasó a contar directamente lo de su reciente separación, adelantándose así al simpatiquillo. Uno a cero. Se enzarzaron entre ellos y yo pude escapar. Fue un duelo de titanes.
Recuerden siempre que para acabar con uno al que le guste el palique solo hay que darle más de su propia medicina.
Ratio: 5 / 5
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