En estos días de estío en los que miles de ociosos visitantes extranjeros deambulan por las calles de nuestra ciudad, debo advertirles de que el turismo, al igual que cualquier ser vivo plagado de virus alienígenas, muta. No se confundan, aunque parezcan como nosotros, no lo son.
Las colonizaciones siempre empiezan así, con unos extranjeros que llegan en plan coleguita ofreciendo cuentas y abalorios a los nativos para luego exterminarlos y conquistar el territorio.
Y no crean que la amenaza es la clásica del guiri con la piel color gamba, pantalón corto y sandalia con calcetín blanco. Eso se acabó. La táctica turística ha cambiado y las habilidades de enmascaramiento hace que resulte más difícil identificarlos; aunque no es imposible. Les dejo aquí algunas argucias para poder identificar al turista invasor.
El lento y errático caminar por el Casco Antiguo ocupando toda la calle es indicio de que podemos estar ante un foráneo. Si además sujeta en su mano diestra un cucurucho medio derretido de vainilla y en la siniestra un móvil con GPS para orientarse, es muy probable que se trate de un infiltrado tras nuestras líneas para sembrar el caos entre la población pringando de helados a los nativos y obstruyendo las posibles vías de escape para evitar la huida de mujeres y niños.
Por supuesto, aquellos matrimonios que cenan en un restaurante acompañados de niños pequeños y/o con carritos de bebé, serán sin duda turistas guiris cuando los vástagos guarden silencio y actúen de forma ordenada y prudente. A ver. ¿qué crío como Dios manda no monta un pollo en un restaurante? Evidente: los de escayola, los que están enfermos y los guiris.
Más aún, incluso cuando los niños estén montando follón, se presumirá la extranjería de los progenitores cuando no se manifiesten visiblemente contrariados si alguien llama la atención a sus hijos. Un nativo jamás permitiría que un tercero le enseñe educación y advertirá a quien se atreva que “a mis shiquillos los educo yo”.
También serán consideradas guiris aquellas valkirias exuberantes que, manifiestamente ebrias, deambulen ataviadas únicamente con ínfimos bikinis por los establecimientos de hostelería cercanos al Paseo Marítimo. Práctica no obstante que, aunque atentatoria contra la moral y las buenas costumbres, debe ser respetada como propia y autóctona en las tribus del norte.
Tal vez incluso podríamos soltar algunos sujetos de estudio en Doñana para ver si se integran en el medio. Si el lince lo ha conseguido, a lo mejor las que vienen de despedida de soltera también.
Sé que queda fuera de este breve estudio las técnicas de identificación del turista nacional. El también conocido por su nombre científico como “borjamari”, merecerá un capítulo aparte en este espacio de empirismo y reflexión.
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