Reconozco que aún hoy sufro arrebatos nostálgicos cuando voy por la calle y paso ante alguna de las pocas cabinas telefónicas que quedan y no puedo evitar recordar el gran servicio que hicieron durante muchos años a los que somos seres sensibles y espirituales.
Porque en aquellos años ochenta las cabinas telefónicas eran al romanticismo lo que la capa al caballero que rondaba mozas en el siglo XIX, la bandurria al tuno o el antifaz al Zorro.
Inolvidable el juvenil encanto que tenía lo de meter las cinco pesetas en el teléfono, marcar al azar y preguntar lo de qué llevas puesto a quien descolgara al otro extremo de la línea. Y hasta podías hacer proposiciones guarrunas inenarrables porque con la tecnología de la época era imposible que la policía te localizara. De las cabinas surgieron grandes historias de amor, créanme.
Ahora, sin embargo, antes de que se te ocurra marcar, tu móvil ya ha recibido dieciocho correos con publicidad de contactos, el banner de algún psicoanalista argentino para tratar tu problema y una advertencia del FBI sobre lo que te puede pasar si le mandas un mensaje íntimo a Melania Trump (¡maldición! saben lo de Melania).
Sé que soy un sentimental, pero aún me veo durante la noche en el frío invierno, semioculto en la cabina telefónica, ataviado únicamente con mi elegante gabardina Burberry y los zapatos de fino tafilete italiano a juego con los calcetines burdeos, dando gemidos insinuantes para cualquier desconocida a través del auricular. Y ni aun cuando la anónima amada confesaba llamarse Manolo, uno perdía la ilusión de haber sembrado de cariño un corazón solitario.
Hoy, sin embargo, cuando ves a alguien en una cabina, o es un yihadista reivindicando un atentado o un recién licenciado en paro al que se la han alquilado como apartamento amueblado en zona céntrica. Con teléfono, eso sí.
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