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Recuerdos perdidos de la gasolinera

Milton

Miércoles, 24 de Mayo de 2017

No tengo muy claro eso de que hayan recuperado la figura del gasolinero, aunque admito que el sistema de autoservicio que funcionaba hasta ahora aumentaba las posibilidades de éxito en la fuga.

Y no es que yo sea de esos que van por la vida haciendo “sinpas”, lo que sí es verdad es que tengo mala memoria, diga el juez lo que diga. Es cierto también que para mí lo del autoservicio en las gasolineras tenía su gracia, cuando llegaba la valkiria exuberante con su carísimo todoterreno gris metalizado y cogía firmemente entre sus manos esa gruesa y brillante manguera, la metía por el agujero del depósito y apretaba la manilla para que liberara ese potente chorro que le da vida al vehículo.

Pero no lo digo en plan guarruno, sino como una licencia literaria propia de mi apasionado espíritu poético.

También echaré de menos a esos conductores algo menos duchos en lo de repostar, cuando llegaban al surtidor y se apuntaban directamente a la cara con la manguera para ver si salía el chorro. Y cuando el hombre estaba pringaíto entero de Super 98, algún conductor se le acercaba para ayudarle aunque, en realidad, no se quitaba de su perversa mente lo de acercarle una cerilla para echar unas risas. Mucho demente al volante es lo que hay.

Y quién no recuerda con añoranza a la encantadora anciana a la que le dieron el carné en una tómbola de la Sección Femenina tras las Guerra Civil, cuando llegaba a la gasolinera, aún con algún peatón estampado contra el parabrisas como si fuera un mosquito. E iba la adorable abuelita y, con la miopía, no atinaba al depósito y rociaba de combustible a toda la clientela, que ni habiéndose licenciado en la Al Qaeda University habría sido tan eficaz como amenaza andante.

Además, le echaba gasolina a su coche diésel y luego se peleaba con el gasolinero por poner tantas mangueras tan iguales que confunden a cualquiera. Y cuando arrancaba y el coche terminaba envuelto en llamas, se pensaba que era cosa de la turboinyección esa, que lo había visto en la tele.

Ahora, todos esos momentos se perderán para siempre. Solo falta que al mismo que se le ha ocurrido lo de los gasolineros, siga maliciando y vuelva a poner también a los serenos y le fastidie la vida social a media España. A ver cómo le cuentas a la parienta que llegas de madrugada hartito Jumilla porque no encontrabas las llaves del portal.


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