Estoy planteándome querellarme contra mi banco por inducción al delito porque me han dado una tarjeta de crédito sin yo pedirla ni nada. Y eso es provocar, como regalarle a Bin Laden acciones de Explosivos Riotinto.
Ya no es solo por los estragos que pudiera causar en la economía nacional con esta arma en mis manos sino porque, además, es una tarjeta de crédito un poco guarruna: basta frotarla con la superficie del cristal del tpv para que, automáticamente, todo esté pagado.
Los de mi sucursal dicen que es una tarjeta “contactless” pero, en realidad, es la lámpara de Aladino del yihadismo consumista en el que milito. Qué sabrán los del banco de compromiso ideológico con una causa.
A decir verdad, cuando me entregaron la tarjeta hasta percibí cierta solemnidad, con las empleadas rezando el rosario mientras el interventor se fustigaba para expiar su error y el director de mi sucursal salía de peregrinación a Lourdes.
Pregunté si no llevaba funda. Con cinturón a ser posible, para colgármela al cinto y hacer duelos a la puesta de sol para ver quién es más rápido malgastando.
De todos modos, quiero advertir a aquellos que tengan este tipo de tarjeta que no todo el mundo comprende su funcionamiento. Y si se cruzan con alguna valkiria exuberante por la calle y pretenden agasajarla y mostrarle su generosidad, no le froten la tarjeta por todo el cuerpo porque seguro que les suelta una guantá de esas de salir los piños en plan mariquita el último.
Hay gente que se niega a entrar en la era del dinero virtual. Y no es que me haya pasado a mí.
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