Les digo una cosa, si yo fuera el rey y me tocara dar esta noche el mensaje ese de Navidad, lo haría de otra forma: le diría a la gente la verdad. Desde el corazón y con sutileza, pero toda la verdad.
Primero empezaría en plan bromilla, llamando la atención del público diciendo aquel famoso “¡españoles!” de don Francisco, para romper el hielo, ya saben. A ver cuántas crisis de ansiedad provoco.
Después me pondría con los más pequeños a explicarles que Papá Noel no existe y que, aunque existiera, jamás podría volar con su trineo desde Laponia hasta aquí. Desde luego, mira que creerse que un trineo tirado por renos puede volar, hace falta ser tontoelhaba.
Y eso sin hablarles de los Reyes magos. Ya ves tú, con esas barbas, los turbantes, viniendo de Oriente Medio y con menos papeles que un burro robao. Y, encima, cargados de “regalitos”. Esos no llegan aquí ni aunque los aduaneros europeos fueran de la ONCE.
La verdad niños -aquí daría un tono de solemnidad al mensaje- es que los únicos Magos que traen regalos y que son de verdad son El Corte Inglés, La Cañada y Amazon.
Tras traumatizar y sembrar la desesperanza entre todos los niños del país, me dirigiría a los jóvenes, a los que animaría a bajarse ilegalmente de internet Ben Hur y la serie aquella de Kunta Kinte, para que vayan decidiendo el tipo de contrato laboral que quieren una vez que terminen la carrera y el master.
A los más adultos les recomendaría seguir jugando a la lotería de Navidad, porque dentro de poco será más probable que les toque el Gordo que cobrar la pensión. Aunque también les recordaría la parte positiva: que vivimos en un país donde impera la igualdad, la justicia y la libertad. Y aunque es verdad que son pocos los que pueden pagar el pack democrático, el resto podemos mirar.
¡Ah! y que sepan todos que a Messi no lo fabricaron en Ikea y que Puigdemont no ha firmado por El Almendro y no volverá a casa por Navidad. Esa es la verdad.
Ratio: 5 / 5
Comentarios potenciados por CComment