El otro día un conocido me acusó de intolerante, y solo porque le expliqué mi plan para invadir Francia y, de esta forma, atacar por la retaguardia a Puigdemont y los suyos.
Pero lo de la retaguardia en plan castrense, a ver si nos confunden y nos reciben en la Barcelona liberada con banderas arco iris.
Sin embargo, creo que es verdad que me estoy volviendo intolerante. Y se me ha pegado en el supermercado, porque la mayoría de los productos que venden son para consumidores intolerantes. Por eso los hacen sin lactosa, sin gluten, sin sal, sin azúcar, sin grasas saturadas o sin colesterol.
Fíjense hasta dónde ha llegado el tema de las intolerancias que la pasada semana me compré una de esas bandejitas de jamón york porque la publicitaban como el producto “sin” absoluto y definitivo, y resultó ser cierto: era tan “sin” que cuando abrí la bandeja para desayunar no había nada dentro.
Buenísimo para el pelo, el cutis, la tensión, la línea y para el medio ambiente. Ahora eso sí, te quedas con un hambre que no veas.
Será verdad que esto de comer en plan millennial es muy sano, democrático y ayuda a lo del ozono, pero también es cierto que te hace más intolerante. Lo he notado, que cuando te clavan 5 euros por dos lonchas de mortadela “sin” y light de pavo que no ha sufrido maltrato animal y que ha hecho pilates, lo que te pide el cuerpo es fusilar al amanecer al de la sección de embutidos en un acto de irracional venganza. Y para mí que eso es ser un poco intolerante.
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