El pasado jueves se celebró el Día Internacional del soltero heterosexual mayor de 50 al que la escasez de cabello le permite gozar de una envidiable claridad de ideas y dotado de impresionantes abdominales fruto del venerable culto al néctar de dioses fabricado por Cruzcampo y San Miguel.
En la tele dicen que el Día del Soltero lo inventaron los chinos. Mentira. ¿Cuándo han visto a los chinos inventar algo? Lo copiaron.
Porque el Día del Soltero no fue una invención, ni una celebración, fue un homenaje. En realidad creado en honor a un tatarabuelo mío: Lord Milton de No Te Comes un Rosco. Un noble que ligó menos que Pablo Casado en una fiesta de Podemos.
La rumorología histórica asegura que mi ancestro tuvo tan poco éxito con las valkirias que su mayor romance fue cuando en un chiringuito se pidió una dorada a la espalda. Ya saben, por aquello de que esta especie de pez tiene nombre femenino y a lord Milton lo de "a la espalda" le sonaba a postura guarruna. Pendón viciosillo.
Y hoy, aunque las cosas han cambiado, yo continúo conservando y respetando la liturgia de tan señalado y tradicional festejo. Sigo correteando por las calles persiguiendo a castas doncellas vestido únicamente con mi tradicional gabardina Burberry y los finos zapatos de tafilete italiano de color granate con los calcetines de seda a juego mientras varios policías intentan darme caza.
Al final, como cada año, mientras me están subiendo al furgón rodeado por los periodistas, aprovecho para lanzar el mensaje en el que reivindico mi derecho a disponer de mi propia valkiria exuberante que sea cariñosa, con habilidad en sus labores, maestría en los fogones, destreza en tareas de mantenimiento del hogar y solvencia económica para mantenerme.
Sin embargo, admito que, a pesar del impacto mediático, no logro que se presente ninguna candidata. Con tanta modernidad se ha perdido el romanticismo, que se lo digo yo.
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