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Generosidad pura y dura

Milton

Martes, 05 de Octubre de 2021

Tengo un grupillo de amigos aficionados a los reportajes de National Geographic que, desde que vieron el episodio aquel del apareamiento entre rinocerontes blancos, se empeñan en cruzarme con cualquier hembra que deambule por la calle, dando igual su condición, presencia y edad, mientras tenga pulso, eso sí.

Sin dejar de reconocer que, en el fondo, su intención es buena pues, estando emparejados todos ellos, intentan hacerme partícipe de una existencia tan feliz como la que comparten con sus respectivas parejas, el que se pasen el día escaqueándose y buscando excusas para no pisar sus casas, responde únicamente al hecho de que tanta felicidad puede ser perjudicial para la salud, como una sobredosis de happy hours.

Lamentan mi peregrinar sentimental, sufren porque soy instrumentalizado por decenas de jóvenes valkirias exuberantes, cientos en realidad, que solo me consideran por mi cuerpo, reduciéndome a un simple hombre-objeto, un juguete sexual al que abandonan tan pronto han saciado sus libidinosos instintos.

Porque ya saben lo que pasa con los buenos amigos, siempre desean para ti lo mismo que tienen ellos y, si es posible, un poco más. Y se apenan cuando me quedo tomando cervecillas y fumándome puros habanos mientras ellos tienen que salir corriendo a la vez que sus parientas les machacan telefónicamente recordándoles las múltiples obligaciones maritales pendientes en vez de estar holgazaneando por los bares.

Es generosidad pura y dura, una aplicación de ese principio básico en la amistad que dice “si yo tengo que pasar por esto, tú más”. Principio ineludiblemente concatenado con ese otro que dice "mal de muchos, consuelo de tontos. Pero consuelo al fin y al cabo". Y yo, en el fondo, lo agradezco.


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