Al final he logrado mi objetivo; he obligado a hincar la rodilla a los poderes fácticos que no han tenido más remedio que permitir la movilidad entre las provincias andaluzas. Y lo he logrado con tesón, sacrificio y trabajando para mis conciudadanos. Lo único que me queda es presentarme a unas elecciones y trincar de empresas constructoras para financiarme el partido.
Pero no crean que ha sido fácil. Como primera medida de presión contra el poder, una mañana comencé una huelga de hambre, que habría logrado socavar el ánimo de los gobernantes si no hubiera tenido que dejarla a mediodía porque era la hora de las cervecillas y, además, me entró hambre.
Después continué proyectando internacionalmente el conflicto y hasta escribí al opositor ruso Alexei Navalni para que se sumara a mi rebelión contra la opresión sugiriéndole que se presentara al juicio en Moscú vestido de nazareno de La Macarena, reivindicando así que se permitiera la celebración de las procesiones.
También intenté hablar por teléfono con la ministra Irene Montero y con Begoña Villacís, con el ánimo de que se sumaran a la lucha siguiendo el ejemplo de las chicas de Femen, mostrando ante la prensa sus torsos desnudos en los que deberían haber escrito el eslogan: “Milton eres un supermachote y te voy a poner un piso en Ojén”.
Ninguna de las dos secundó mi iniciativa, ni tan siquiera me remitieron el video que les pedí para comprobar si el guion y los detalles de producción eran los correctos para que el mensaje llegara a las masas. Para mí que no están comprometidas, ya sabía yo que tenía que habérselo pedido a Elsa Pataki.
Aunque lo que ha sido definitivo para que la Junta de Andalucía claudique y renuncie a la represión territorial ha sido la sutil sugerencia al presidente de la Junta, al que he enviado por correo, que es lo que ahora está de moda, un paquete con un grueso ejemplar de la Constitución que he cogido prestado de una biblioteca pública.
El envío contenía instrucciones precisas explicando al presidente Moreno Bonilla que, para convencerse de la necesidad de permitir la movilidad geográfica, debería abrir la Carta Magna por la mitad, colocar sus partes íntimas en medio del sagrado texto y, con toda la fuerza posible, cerrar sorpresivamente el pesado volumen.
Y funcionó, yo sabía que después de esa experiencia, seguro que cambiaba su perspectiva sobre los derechos constitucionales y sobre la ley trans.
Ratio: 5 / 5
Comentarios potenciados por CComment