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Por Fin

Indicios de normalidad

Milton

Miércoles, 14 de Octubre de 2020

Contrariamente a lo que dicen los políticos en la tele, voy notando que las cosas retornan lentamente a la normalidad. Lo sé porque esta mañana, apenas estaba amaneciendo, ha pasado un chusqui por la calle con el amoto a escape libre y, poco después, mi sueño se ha vuelto a ver sobresaltado a golpe de las motosierras de los que podan los árboles.

Y si eso no son indicios de normalidad suficientes, fíjense en que, mientras desayunaba, alguien se ha marcado un solo con la radial que recordaba intensamente al Concierto en Re Mayor para cuerdas de Vivaldi. Lo sé porque lo que me apetecía en esos momentos era estrangular al músico con la cuerda de una guitarra o con una maroma de barco.

En fin, no quiero ponerme sentimental, pero lo cierto es que, pocos días antes, también juraría haber escuchado a alguien haciendo reformas en su casa. Noté el vibrante y acompasado ritmo de los Black&Decker Percusion Hammer de 600 vatios, acompañando en allegro ma non troppo a las barredoras municipales que siempre vienen a limpiar mi trozo de calle cuando ni tan siquiera ha despuntado el sol.

Y, por suerte, aquí en las Tierras Altas, la madrugada también es para los melómanos industriales. Con el ritmazo del camión recogiendo el vidrio, con ese sonido suave cuando deja caer al volquete vacío la tonelada y media de botellas, con el consiguiente y siempre entrañable ladrido de todos los perritos pequeños de lengua larga que ahora parecen regalar cuando uno renueva el DNI.

Amadas mascotas que solo ladran un par de horas o así, hasta que aparece ese camión desinfectante que suena como un Trump borracho tocando la tuba y que le acaba de comprar el Ayuntamiento al líder de Corea del Norte.

Si ese ritmo trepidante no es indicio de vuelta a la normalidad, que venga Dios y lo vea.

Y yo, irreductible amante de los sonidos rítmicos y estridentes, saldré una de estas madrugadas a la calle, aún en pijama, con los ojos inyectados en sangre, con mi recortada del calibre doce, para sumarme a tanto arte.

Que a mí me cuesta arrancar, pero cuando me animo, la feria de Abril se me queda pequeña.


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