Tras el duelo por la quiebra de Duralex, hoy pensaba seguir contándoles cómo la compra de tu primera aspiradora te hace un hombre, pero estoy algo nervioso con eso de que está a punto de hacerse público el nombre del ganador del Nobel de Literatura.
A decir verdad, no tengo demasiadas esperanzas de que me consideren para el galardón por las mismas razones de siempre. En primer lugar, las envidias, que yo sé que hasta Mario Vargas Llosa malmetió con el jurado para apartarme cuando vio peligrar su candidatura. Y miren que le he insistido en que jamás hubo nada entre Isabel y yo.
En segundo lugar, hay una realidad de pura técnica literaria. Acepto que mi narrativa, fresca, dinámica, siempre pegada a la realidad social y comprometida con el medio ambiente y la igualdad de género, no se adapta a los conceptos clásicos, a veces arcaicos, de la Fundación Nobel. Piensen que estos premios se crearon por Alfred Nobel que fue el que inventó la pólvora que, en realidad, ha servido para poco más que para celebrar las Fallas, lo que apunta a una imaginación limitada.
Además tampoco deben perder de vista el hecho de que, tanto el bueno de Alfred como el mismo premio, son originarios de Suecia. De ahí que, a la hora de otorgar este reconocimiento, me ignoren haciéndose los suecos.
Sin embargo, yo no escribo pensando en gloria y fortuna, sino que lo hago por compromiso social y para que las valkirias exuberantes crean que soy un intelectual atormentado y eso las lleve a transigir por lo intransigible en el falso convencimiento de que mis desviaciones guarrunas son fruto de un cerebro brillante, que no enfermo.
Ahora, les digo una cosa, ya nos veremos las caras cuando convoquen el Pulitzer.
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