Yo creo que tengo eso que he visto en la tele del “síndrome de la cabaña”, que es el miedo a abandonar el confinamiento que suele aquejar a los perseguidos por coronaviruses, a los secuestrados por peligrosos yihadistas homicidas y a los que conviven con media docena de valkirias exuberantes o de caribeñas voluptuosas.
Pues cuando lo oí en el telediario lo supe: yo tengo de eso seguro. Lo sé igual que supe hace unos días que había cogido el Covid-19, cuando me entraron los mareos después de las cervecillas y la botella de tempranillo. Y eso que yo estaba convencido de que era asintomático.
Bien, pues al verme esta mañana en el espejo, con esas barbas y esos pelos que recuerdan al náufrago de Forges, empecé a pensar que, realmente, en mi gruta de las Tierras Altas no estoy tan mal.
Se ha convertido en mi espacio de seguridad, en mi isla. Aunque sin las habituales incomodidades insulares, los huracanes, los precios abusivos, esas playas petás de gente y los chiringuitos hasta arriba de guiris color gamba cubiertos con una película grasienta de crema solar.
Además, en mi isla, si se me ocurre salir por la noche y me acerco a tomar unas copas al armario del dormitorio o a la ducha, no hay controles de alcoholemia. O eso o yo he tenido mucha suerte, porque a mí no me han parado nunca. Anarquía total.
Cierto es que en mi isla faltan esas valkirias exuberantes que le cogen el bikini a la Nancy para tomar el sol; pero incluso esto tiene su parte buena, porque te ahorras una pasta en ir de pagafantas y en dentista, que algunas pegan unas guantás que te salen los piños en plan mariquita el último.
En fin, inquieta abandonar la certeza de lo conocido para sustituirlo por algo tan incierto como es la vida. Imaginen que terminamos nuestro confinamiento y nos dicen que hay que volver a trabajar, y que hay que pagar todo lo que hemos dejado de pagar ante la excepcionalidad del estado de alarma, o que la cerveza ya no se puede apuntar en el ultramarinos. Que angustia.
Yo creo que me voy a hacer el tonto, como si no me hubiera enterado de lo de la desescalada, me hago ermitaño y le pido una subvención a la Junta de Andalucía para que me incluyan en algún circuito turístico de cara al verano. Ya saben, en plan "A las 09,15 recorrido por el Caminito del Rey; a las 12,00 visita a los dólmenes de Antequera y a las 18,00 breve encuentro antropológico con el último ermitaño de las Tierras Altas. Está prohibido arrojarle comida". Con descuentos para grupos del Imserso.
Tengo que enterarme si los ermitaños pagan autónomos.
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