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Lo que sospechaba

Milton

Jueves, 26 de Septiembre de 2019

Fíjense qué cosa más curiosa me pasó el otro día, que fue frotarme los ojos porque me picaban un poco y al día siguiente los tenía inyectados en sangre y hasta se me saltaban las lágrimas, que yo me asusté porque pensé que me había vuelto sensible.

En un principio sospeché que se trataba de un problema económico, porque el escozor y las lágrimas aparecieron justo cuando me dieron la cuenta de las cervecillas que me acababa de tomar y hasta el camarero al verme llorar me dio varias palmaditas en la espalda animándome a echarle lo que hay que echarle, porque cornás más fuerte da la vida.

Sin embargo, y a pesar de que la caña a 1,80 le humedece los ojos a cualquiera, no se trataba del precio, porque la cosa fue a más y el lagrimeo no cesaba Fue entonces cuando temí lo peor: me había vuelto sensible. Ya me imaginaba dentro de nada viendo las pelis cursis de los sábados por la tarde, preocupándome del cambio climático y llorando a lágrima viva porque el pobre de Pedro Sánchez no había podido formar Gobierno. Y ya saben lo que le pasa a uno cuando se vuelve sensible, hoy lloras porque el comisario Villarejo se queda sin pilas para su grabadora y mañana hecho una loca encabezando la marcha del orgullo gay en la Gran Vía, que eso ha pasado antes.

No obstante, me desconcertaba lo de los ojos inyectados en sangre, porque la última vez que me pasó algo así fue cuando hace unos meses me llegó una carta de mi sucursal de Abarca y Devora Ltd. Bank informándome de la subida de las comisiones. De hecho la carta venía con un bote de colirio de regalo.

Sin embargo, y dado que en está ocasión la culpa no era del banco, sospeché que me podía estar pasando lo que no quería aceptar. Para comprobarlo me quedé fijamente mirando al sol cuando estaba en lo más alto y, en menos de un minuto, me percaté de que me molestaba la intensa luz, los ojos me escocían y volvían a inyectarse en sangre. Aún así, negándome a aceptar mi fatal destino, cogí 8 cabezas de ajo y, sin dudarlo, me las comí crudas. Al rato tuve que salir corriendo al cuarto de baño con una descomposición horrible. No había duda, me estaba convirtiendo en vampiro.

Confesé a mis allegados la terrible realidad, recomendándoles que se alejaran de mí antes de que culminara la transformación y me volviera peligroso. Uno de ellos trató de animarme diciéndome que a lo mejor solo se trataba de una conjuntivitis o de que me había tocado los ojos con las manos sucias.

Eso, reinona, vampiro y ahora guarro. Siempre tiene que haber un enterao que lo sabe todo.


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