Hay algunos momentos en la vida, pocos, en los que uno tiene la oportunidad de ser testigo de gestas heroicas que convierten a sus protagonistas en leyenda antes de pasar a formar parte de los libros de Historia.
Y eso fue lo que viví ayer, un domingo casi veraniego, en el que las hordas domingueras se lanzaron al asalto de los chiringuitos de las playas. Era poco antes de comer, la hora de la cervecilla y las aceitunas resecas de aperitivo, cuando llegué a la posición que ya estaba siendo asediada.
Familias enteras se lanzaban sobre la barra, que era defendida, a modo de metafórica muralla, por dos camareros sudorosos que intentaban contener a la primera oleada de asalto repartiendo cerveza y tintos de verano. Pero no era suficiente, el grifo no disparaba las cañas con tanta cadencia de fuego y la situación tornaba crítica para los asediados.
Además los domingueros nunca van solos, llevan a sus pequeños vástagos como fuerza de choque y, por supuesto, a muchos perritos pequeños de lengua larga que contribuyen a sembrar el caos ladrando y gimiendo mientras los niños lloriquean porque quieren un polo de fresa, ir al baño, jugar con la Play y tener como mascota a ese otro perrito de allí, porque el mío ya no me gusta. A dar por saco en definitiva que es, por otra parte, la formas más eficaz de socavar la moral de combate de los asediados.
Yo apenas logré tomarme una cervecilla al descuido, ya saben, la gente se pone a hablar, se distrae y da la espalda a su caña. Lamentable error. Además, me comí medio polo de vainilla y chocolate que un amable crío me ofreció tras amenazarle con convertirme en soplón de los Reyes Magos, declarar contra él y luego pedir que me incluyan en el programa de protección de testigos.
No supe de la suerte que corrieron los camareros, pero sí puedo asegurarles que, cuando me alejaba del lugar, me volví para un último vistazo: aún salían columnas humeantes del chiringuito mientras ladridos y chillidos de padres, madres y niños ponían banda sonora a aquella escena dantesca. El Álamo había caído.
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