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Opinión

"Negacionista"

Alberto Núñez Feijóo (d) es sin duda el negacionista preferido de Pedro Sánchez.

“Negacionista” es ahora la palabreja de moda en el vocabulario del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Atrás quedaron ya la “resiliencia”, “transversalidad” y hasta el coñazo del “emponderamiento”, todas ellas pronunciadas mil veces durante meses por nuestro amado líder, quien siempre hace gala de que repetirse más que el ajo es una de sus muchas virtudes.

Aunque Alberto Núñez Feijóo, presidente del PP, es el negacionista supremo, lo es también cualquiera que cuestione alguno de los dogmas establecidos desde La Moncloa, o que desafíe las verdades absolutas e inequívocas que nuestro amado líder ve con su infinita clarividencia.

Si bien, el problema del negacionismo es que el mismo concepto penaliza el análisis, la investigación e incluso rebatir con pruebas los hechos, acontecimientos o “verdades” que se califican como inequívocamente ciertas. Ello a pesar de que esa inequívoca certidumbre proceda de una afirmación dogmática que puede ser total o parcialmente falsa.

Para evitar la incómoda duda, la curiosidad científica, histórica, social o económica el poder sanciona penalmente a los que se empeñan en hacer uso de su libre albedrío, sobre todo cuando los dogmas se cuestionan con publicidad.

Por ello se penaliza dudar de la igualdad entre sexos, cuestionar la clasificación de la violencia según la condición de la víctima, el discrepar sobre el origen de las diferentes tendencias sexuales o poner en duda determinados acontecimientos históricos. Dudar de la verdad absoluta o incluso demostrar con pruebas que esa “verdad” es relativa o es simplemente mentira, puede incluso llevarte a la cárcel.

Dudar de las decisiones de nuestro presidente del Gobierno, a pesar de que muchas de ellas son manifiestas sandeces o responden a su interés personal, aun siendo consciente de que son contrarias a los intereses de los ciudadanos y/o del país, activa todos los resortes del poder que protegen el dogma, desde las leyes aprobadas para blindarlo hasta el señalamiento público de aquellos que se atrevan a discrepar.

Es cierto que la izquierda ha sido históricamente absolutista, ha utilizado las herramientas del poder y la represión para proteger sus dogmas y evitar que los ciudadanos puedan llegar a hacerse la pregunta que hace tambalear al régimen: ¿por qué?

Por qué no tengo derecho a cuestionar el cambio climático, por qué tengo que aceptar que ambos sexos son iguales cuando no lo son, por qué no puedo cuestionar el principio de igualdad en unas democracias cada vez más desiguales, por qué aceptar la legitimidad de la ley ante leyes injustas, por qué hay que admitir que el único sistema político legítimo es la democracia cuando, en realidad, no vivimos en una. Por qué no podemos hablar abiertamente de la corrupción estructural de nuestro sistema político, que es justamente el motivo por el que ese sistema no admite los "por qué" y castiga la disidencia.

Los pocos países que quedan en pie funcionando a golpe de prohibir cualquier cosa que contradiga al “amado líder” no son ni de lejos paraísos en los que vivir y, uno tras otro, se van hundiendo gracias a sus propias contradicciones.

Y este será el motivo del fin de Pedro Sánchez, de este Gobierno y, personalmente, espero que sea el fin de todo el sistema de partidos políticos en España, porque estoy convencido de que cualquier formación que llegue al poder hará lo mismo cuando vea peligrar su dominio: convertir las mentiras en verdades utilizando la violencia contra el ciudadano para lograr su sumisión.

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