Opinión

Roma se quema

Foto de familia del Papa Francisco con los líderes de la UE reunidos en Roma, ayer viernes.

Estaba claro que este fin de semana nos tocaba machaque de 60 aniversario del Tratado de Roma, del que finalmente nació, tal vez abortó, la actual Unión Europea (UE).

Hoy sábado, la programación oficial de las cadenas públicas y de algunas privadas parece diseñada por el mismo que lo hiciera durante el anterior régimen, en plan No-Do, con Franco hasta en la sopa.

Lo de hoy es muy parecido pero sin inaugurar pantanos ni nada en realidad. De hecho el aniversario llega en el momento en que es creciente la Europa que muestra su hartazgo de UE.

Ni el discurso oficial logra ocultar sus miedos, y frente a la huida británica y a la ascensión de partidos euroescépticos, a los que con ánimo de desacreditar muchos políticos ignorantes califican como populistas -convendrían que le echaran un vistazo a la definición de populismo en la RAE-, lo que proponemos los países que nos creemos el “núcleo duro” de la Unión es una Europa a varias velocidades que solo servirá para acentuar el actual proceso de desintegración.

La realidad del problema no tiene nada que ver con las tonterías que repiten a modo de mantra esos jefes de Estado y de Gobierno reunidos hoy en Roma, con la idea de que la asustadiza población de la Unión lo siga siendo.

Porque de esto va este truco de trileros en que una panda de mangantes han convertido lo que fue un grandioso proyecto de unificación continental, de hacer creer a la gente que, tras el Cabo de Hornos, está el fin del mundo, para que nadie se atreva a ir más allá y pueda comprobar que existe más mundo que no está controlado por los mismos de siempre.

Parece una bobada pero el truco fue eficaz durante muchos siglos y mantuvo a raya a todos los marineros del planeta. Ahora, lleva funcionando solo 60 años, aunque ha sido en los últimos 20 cuando la situación ha degenerado hasta convertir el proyecto europeo en lo que es hoy, el zoco del grupo de bancos, fondos buitre y grandes empresas que cotizan en las bolsas europeas. Un zoco en el que los pringados ciudadanos de la Unión somos el cliente que no tiene voz ni derecho a hoja de reclamaciones.

Porque frente a esta Unión Europea, que hasta el Papa Francisco reconoció ayer viernes como una exitosa asociación económico y financiera pero fracasada en principios e ideales, hay tres posturas bastante definidas: la de aquellos ciudadanos que la apoyan de manera entusiasta porque necesitan creer que, tras el Cabo de Hornos, está el fin del mundo.

En segundo lugar la de quienes, como yo, creemos que hay que desmontar este fraude para construir una Europa de verdad en la que no sean los financieros los que decidan nuestro futuro.

En tercer lugar, la de aquellos que llevan una existencia de lujo gracias, precisamente, a este truco de trileros. Aquí están encuadrados desde los oligarcas de la economía y las finanzas hasta los eurofuncionarios con sus privilegiados niveles de vida, pasando, por supuesto, por toda esa clase política que está hoy reunida dándole la espalda a una realidad provocada por su propia estupidez: la UE se desmorona, Roma se quema.


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