Opinión

El precio de lo público como mercancía

Una de las imágenes que ha dejando estos días el temporal de nieve en Madrid.

Aunque, de nuevo, intentemos no fijarnos en si el rey lleva ropa, resulta evidente que nuestro país presenta un déficit público en infraestructuras, servicios y recursos que ya nos está abofeteando en la cara. Y esas carencias no se solucionan aburriendo al ciudadano a golpe de ruedas de prensa, ni cargándole con la responsabilidad que corresponde al gobernante.

Si la pandemia nos ha recordado con bastante crueldad que lo de llevar más de una década privatizando la sanidad pública tiene otro precio que no aparece en el contrato, ahora la tormenta “Filomena” nos vuelve a decir que no estamos preparados ni para lo más básico, gracias precisamente a esa estrategia política de contubernio entre amiguetes que ha convertido en un negocio millonario lo de dejar en manos de un pequeño grupo de grandes empresas privadas la construcción, gestión y/o el mantenimiento de infraestructuras y servicios esenciales para el país.

Sin reiterar por enésima vez las preocupantes “sinergias” -palabreja que tanto gusta a nuestro presidente- que esta relación entre el dinero privado y los políticos públicos ha provocado en España, esta tormenta de nieve y frío sí nos está gritando en la cara advirtiéndonos de que ese afán por desmontar, trocear y vender a las compañías cercanas a mi partido hasta los ceniceros de los ministerios, representa ya una amenaza contra la seguridad nacional.

Que esa España supermagnífica y maravillosa, reina de la alta velocidad ferroviaria, pionera en la digitalización y en el 5G que nos vende Pedro Sánchez, se colapse en menos de 24 horas por una fuerte nevada que estaba prevista desde una semana antes, nos coloca más cerca de la Unión Africana que de la Unión Europea.

Es cierto que la tormenta ha sido especialmente intensa y que ha cubierto más territorio del habitual, pero también lo es que medio continente vive nueves meses al año en esa situación sin que el norte de Europa se bloquee hasta que comience el deshielo. Imaginen a los países escandinavos, a Rusia o a tantos otros colgando el cartel de “cerrado” cada vez que nevara con fuerza.

Sacar muchas veces en la tele a un montón de ministros para que nos cuenten cuántas carreteras, líneas ferroviarias o aeropuertos somos incapaces de desbloquear, no resuelve el problema. Tampoco lo oculta el que esos mismos ministros solucionen todo lo que no son capaces de resolver, responsabilizando a un ciudadano siempre culpable de irresponsabilidad y de insolidaridad.

Mientras los partidos políticos no comprendan que un Gobierno no es una franquicia, ni lo público una mercancía, seguiremos siendo un país débil y tercermundista.

El lado positivo es que podríamos llegar a ser un miembro destacado de la Unión Africana. Si nos aceptan.


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