Opinión

Beirut no es Líbano

El desastre ocurrido en el puerto de Beirut parece haber servido para avivar las brasas del conflicto que ya venía viviendo la ciudad, más que el país. Sería un error infantil interpretar la dimisión del Gobierno como una victoria de las protestas ciudadanas. En el caso de Líbano, lo más probable es que solo le estén dando otra patada al avispero.

A la hora de interpretar la explosión del puerto como detonante y catalizador de las protestas a través de las cuales los beirutíes manifiestan su decepción hacia la clase política, desde Occidente seguimos cometiendo el mismo error que durante la guerra de la década de los 80, identificar Beirut con Líbano. No es así, ni tan siquiera podemos hablar de un único Beirut, ciudad aún dividida por sectores donde dominan confesiones, cada una con su propio partido. Beirut oeste es históricamente musulmán y la parte oriental, cristiana.

La mayoría de los periodistas expertos en la zona están muertos, jubilados o en el paro, porque los grandes medios de comunicación han ido recortando gastos buscando una victoria imposible contra la ignorancia de las redes sociales. Los nuevos y jóvenes informadores, aunque más baratos, no suelen tener ni idea -hay honrosas excepciones, pocas- de por dónde les da el aire, lo que les lleva a confundir la capital con el país. No tienen nada que ver.

Y es ese error de criterio lo que siempre ha convertido Líbano en ese avispero al que solo hace falta dar un empujoncito para que se líe lo que no está en los escritos.

Beirut y sus protestas son solo una ínfima minoría de un mínimo sector de la población que vive en una zona tan acomodada como cara. La mayor parte de los jóvenes a los que vemos manifestarse cada noche en Beirut no quieren ser iraníes sino norteamericanos y sus protestas están a caballo entre la indignación contra su clase política, que es similar a la nuestra, y el efecto mimético a las “manifas” antirracistas de EEUU, que es lo que está de moda.

Lo que todo el mundo parece olvidar es que, además de los cristianos, que han sido incapaces de administrar su parcela en el poder central, están los sunníes y, sobre todo, los chiíes, con Hizbulá como su partido representante, que cuenta con una amplia presencia en el Parlamento.

El sur de Líbano es el Líbano de Hizbulá y de su poderosa milicia entrenada por militares iraníes. Líbano es tierra de desheredados mientras Beirut es para las élites y unos pocos más. La destrucción del puerto no afecta a Líbano y, por el contrario, permite a Irán actuar con más intensidad para ayudar a esa enorme masa de olvidados que constituye la realidad mayoritaria de Líbano.

Y ahora, cuando Occidente vuelva a invertir cantidades millonarias en la reconstrucción, la endémica corrupción del Gobierno de ese país perpetuará el problema que desembocará, en unos años, en otra guerra civil.


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