Opinión

La verdad

Un informe de la CIA asegura que Felipe González es el "señor X" de la trama del GAL.

El Partido Nacionalista Vasco (PNV) ha realizado recientemente el cuarto intento para modificar la Ley de Secretos Oficiales coincidiendo con la desclasificación realizada por la CIA de un informe que señala directamente al expresidente Felipe González como el “señor X” de los GAL, el grupo mercenario que en los ochenta asesinaba a miembros de ETA.

Lo cierto es que el interés de los partidos vascos y de Podemos por acabar con esa ley responde, más que a un sincero interés por actualizar la norma que protege nuestros secretos, a otros motivos, que pasan por tener la certeza de quién era quién en los GAL y, de paso, obtener respuesta a la misma pregunta en el intento de golpe de Estado del 23F.

Porque lo cierto es que esa ley, que es de 1968 y que fue reformada una década después, requiere sin duda, y al menos, una actualización.

El problema es que el marco jurídico actual no establece ningún plazo concreto para desclasificar secretos oficiales, que es el sistema normal en la mayoría de las democracias occidentales.

La pretensión de los partidarios de una norma nueva es que ese plazo se fije en 25 años, lo que permitiría conocer las respuestas a esas dos grandes interrogantes que pesan sobre la conciencia de la democracia española, por lo que es bastante probable que, de nuevo, los grandes partidos impidan que prospere la iniciativa legislativa para evitar verse directamente pringados en lo que toda España sabe pero nadie puede o quiere demostrar.

Y quizá es esta última la cuestión más importante y la gran pregunta sea, no quién lo hizo, sino a quién le importa.

Es poco probable que el español medio sea más feliz después de tener la certeza de que sus gobernantes ordenaban asesinatos o que las más altas instituciones presuntamente democráticas del Estado apoyaban un golpe de Estado contra el Gobierno.

Tampoco resulta fácil determinar si conocer la verdad sobre los atentados del 11-M nos iba a convertir en ciudadanos más satisfechos. El paripé de juicio y los procesados en aquella historia resultaban tan poco creíbles que los españoles tuvimos que hacer un sumo esfuerzo para fingir que aceptábamos esa verdad.

De la misma forma, es difícil creer que los norteamericanos, por mucho que se reinventen en las películas, quieran saber quién mató a Kennedy o qué pasó de verdad el 11-S.

Juan cuenta en su Evangelio que Jesús dijo a los judíos que “la verdad os hará libres”, no que les haría más felices.

En un mundo tan corrupto como el nuestro, la verdad solo serviría para acabar con las pocas esperanzas que le quedan al ser humano.

No obstante, admito que me gustaría saber si Elvis sigue vivo.


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