Opinión

El tercer pasajero

El presidente (d) y el vicepresidente de los EEUU observan el pasado sábado el lanzamiento del cohete de SpaceX.

Al igual que con cualquier otra emergencia que nos afecte a todos, lo bueno y lo malo de la pandemia que estamos padeciendo es que no nos deja ni tiempo ni ganas para pensar en mucho más, por lo que a los poderes, tantos institucionales como fácticos, no les resulta complicado colarnos casi cualquier cosa.

Meter a Pablo Iglesias en la Comisión de Inteligencia por la puerta de atrás o la atropellada sustitución de la cúpula de la Guardia Civil para dejarla en manos de oficiales más cercanos al Gobierno, son muestras nacionales de este fenómeno. Sin embargo, y aunque a veces no lo parezca gracias a la exigua información que aportan los cada vez peor llamados medios de comunicación, lo cierto es que hay más gente ahí fuera.

Es probable que muy pocos españoles se hayan detenido a reflexionar sobre las enormes repercusiones que tendrá para todo el planeta, me refiero a este en el que estamos, el exitoso lanzamiento del primer cohete espacial de propiedad privada, que ha llevado la cápsula Crew Dragon a la Estación Espacial Internacional.

La empresa SpaceX, del multimillonario propietario de Tesla, ha sido la encargada de ese primer viaje en plan "Uber espacial", que ha llevado a los dos astronautas americanos, inaugurando así la comercialización de toda la actividad extraterrestre que se empezará a desarrollar a partir de ahora y con la que se pretende, al menos Estados Unidos lo pretende, privatizar el universo vacío.

Donald Trump ya ha advertido de forma bastante poco sutil que piensa poner la bandera de las barras y estrellas en cualquier cosa que esté por ahí fuera y que no tenga propietario reconocido. Y hay que recordar que su antecesor, Barack Obama, ya firmó en 2015 una ley que reconocía la propiedad norteamericana sobre cualquier recurso logrado en el espacio o en otro cuerpo celeste, por cualquier empresa de los Estados Unidos.

Lo de que exista una legislación internacional, el Tratado del Espacio Exterior de 1967, que viene a decir que lo que hay en el espacio, incluyendo planetas y todo lo demás, no pertenece a ningún país, empresa o individuo sino a la Humanidad en su conjunto, no parece importar demasiado a ningún inquilino de la Casa Blanca.

Rusos y chinos ya se han dado cuenta de que los norteamericanos han iniciado una segunda carrera espacial, que tiene como principal objetivo recursos minerales -empezando por los de la Luna y siguiendo por los de Marte- sin prestar atención alguna a lo aprobado en Naciones Unidas.

Parece que el neocapitalismo era un tercer pasajero que, como en la película “Alien”, ha viajado oculto en la Crew Dragon.

Esta dinámica privatizadora del espacio vacío no augura un futuro de paz y concordia en las conquistas espaciales; por el contrario, recuerda más a la rivalidad, y hostilidad, entre portugueses y españoles durante el siglo XV por descubrir el Nuevo Mundo y hacerse con sus riquezas.

Con el coronavirus no nos hemos dado cuenta de que es muy probable que hayamos sido testigos del nuevo descubrimiento de América. Con todas sus consecuencias.


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