Milton

El rey

Pues viendo ayer la coronación de Carlos como rey de Inglaterra me he dado cuenta de que soy monárquico. Sobre todo con un monarca de tanto nivel, con nombre y apellido de coñac: Soberano Carlos III.

Si yo estuviera en su pellejo, le pedía a las destilerías que me esponsorizaran la corona y la capa. Imagínense lo distinguido que habría quedado ayer, ante los espectadores de todo el planeta, lo de entrar en la Abadía de Westminster luciendo en la capa el lema: "Soberano es cosa de hombres".

Pero bueno, ese es otro tema. Porque lo cierto es que en mi juventud yo pensaba que era republicano y de izquierdas, pero cuando la primera valkiria progre y rojilla me soltó un bofetón de esos de salir los piños en plan mariquita el último, comprendí que era falso lo que decían sobre que las de izquierdas eran de moral más relajada que las fascinerosas. Otra leyenda urbana; ¿y para eso hemos sacado al invicto caudillo del Valle?.

Entonces, comprendí que no podía traicionar mis ideas movido únicamente por la desbocada lujuria y por un voluptuoso cuerpo femenino, y volví mis ojos hacia la madura sensatez de la monarquía.

Desde entonces, reconozco que lo de opositar a Correos pasó a segundo plano y me planteé presentarme a rey, disfrutar de sus derechos históricos, como el de pernada, la exención fiscal total, explotar a los siervos de la gleba y lanzarme a valerosas gestas bélicas en las que mis tropas masacrarían a campesinos indefensos y robarían el ganado y las cosechas de grano del enemigo y de todo aquel que lo parezca, ejerciendo como monarca mi legítimo derecho al botín.

No tengo tan claro, sin embargo, lo de vivir en palacio porque, a pesar de mi noble linaje, conservo mi espíritu de muerto hambre, y siempre que veo una casa grande lo primero que pienso es en cuánto pagará de luz y de ibi.

Yo sería de esos reyes que van por los salones apagando las lámparas de araña y los candelabros dieciochescos por no gastar. Y cuando recibiera visitas oficiales, entregaría a los jefes de Estado y de gobierno extranjeros una linternilla para manejarse por palacio.

A decir verdad, si yo viviera en Buckinham o en La Zarzuela, daría de alta al palacio para alquiler turístico y le cobraría a los mandatarios y primeras damas que vinieran en visita de Estado. Por supuesto, con ofertas de temporada baja y otras promociones para desestacionalizar el turismo, ya saben. Y los inviernos, con los viajes del Imserso, una pasta, que se lo digo yo.

Por supuesto, sería un monarca entregado a mis súbditos e iría por las calles estrechando las manos a todo aquel que estuviera dispuesto a pagar un euro por tan destacada experiencia, selfies con el rey, 3 euros, y coger bebés en brazos incluyendo foto del encantador momento, 5 euros, que esos pequeños cabrones van por ahí cagándose y vomitando por todas partes poniéndolo todo perdido.

Porque les digo una cosa, la mayoría de los actuales reyes comete el error de no ser cercanos a su pueblo y eso provoca aversión a la monarquía y abre el camino para que republicanos, comunistas y otras gentes de malvivir socaven la credibilidad de esta sagrada institución, provocando que los súbditos sean reacios a dejarse explotar y, en cuatro días, los tienes exigiendo democracia, derecho al voto, incluso para las mujeres, y cosas así. En resumen, la anarquía y el caos.


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