Milton

El anuncio

Esta mañana se ha presentado el anuncio de la Lotería de Navidad y, como me sucede todos los años, ha logrado levantarme el ánimo. Con esos actores tan amargos y tristes, esos guiones de tragedia griega y la música sacada del hit parade de las bandas sonoras de velatorios, cuando termino de ver el anuncio me doy cuenta de que mi vida está plagada de éxito y de que cada día me parezco más al hermano guapo de Brad Pitt.

Y fíjense que hubo un año en que yo presenté un guion para este anuncio, respetando por supuesto el tradicional espíritu de la Lotería de deprimir al espectador empujándole al suicidio. Aunque mi historia era más positiva y animaba a la superación personal.

Se trataba de un joven depresivo que cada día al amanecer, que es cuando uno se siente más desgraciado, salía de su estudio cutre en un barrio dormitorio de la periferia de una gran ciudad para dirigirse, caminando cabizbajo, a un trabajo como cargador de muelle en el que estaba como ilegal, echando 14 horas diarias por un sueldo de 300 euros. Y eso que vivía en una ciudad del interior donde no habían visto el mar ni por la tele, pero como él tampoco lo había visto, creía que las calles polvorientas del polígono industrial eran la playa. Por supuesto, todo el devenir con un frío horrible, en entornos mugrientos y entre edificios grises semiderruidos.

Entonces, un día, el joven protagonista, precisamente por caminar cabizbajo, descubre en el suelo un billete de la Lotería de Navidad.

En principio piensa en comérselo, pero un sorprendente brillo de esperanza le hace recordar la gran frase del filósofo que, entrando en El Corte Inglés, dijo que "la Navidad es el mejor regalo", y decide guardar el décimo de lotería. Al fin y al cabo, quedaban solo unos días para el sorteo.

Imaginen este gran guion con una banda sonora a caballo entre "Salvad al soldado Ryan" y "Terminator II. El juicio final".

Bien, el joven se dirige a casa ilusionado y mantiene ese ápice de esperanza hasta el gran día. Esa mañana va a un bar a ver el sorteo pues, obviamente, nuestro protagonista no tiene tele.

Y, efectivamente, cuando el niño del colegio de San Ildefonso originario de Katmandú canta el Gordo, el premio cae en el bar y el júbilo estalla entre los clientes que han comprado un décimo, cosa que no había hecho nuestro protagonista que tiene menos dinero que el sastre de Tarzán, y al que no le toca ni el reintegro.

Ahora, imaginen, plano final con zoom que se acerca lentamente al protagonista, mientras sube ligeramente el volumen de la música, un adagio la tira de troppo que invitaría a admitir el fracaso incluso a Pedro Sánchez.

El joven sale del bar mientras comienza a nevar, se vuelve hacia los que bailan y saltan eufóricos dentro del establecimiento y piensa, "qué afortunado soy, además de trabajar en la playa, tengo mi décimo de lotería para cenármelo esta noche. A ver esos qué se van a comer ahora". Fundido en negro.

Ya les dije una historia positiva de superación personal. Por eso no la quisieron los tristes de la Lotería Nacional.


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