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Milton

Test de "coronaviruses"

Pues vaya problema, porque llevo ya varios días con los síntomas propios del covid y ahora, por hacerle caso a los de la pandilla, voy me hago un test y el resultado es como mi triunfo vital, profesional, económico y social: negativo.

Y yo que me voy a la farmacia con esa ilusión del adolescente que va a hacer cosas guarrunas por primera vez -algo que a mí nunca me ha pasado-, con determinación y gallardía le explico a la farmacéutica que mi cuerpo está plagado de coronaviruses que devastan mi organismo, que ayer por la noche me sentí mareado y algo aturdido cuando, tras las varias cervecillas redentoras y el litro de Jumilla de tetrabrik, el covid aprovechó mi momento de relax para atacar mi físico espectacular. Además, hasta echaba humo por la boca, que eso podía ser del puro que me estaba fumando pero, ¿y si no?

La boticaria, consciente de mi fatal destino, me vendió un antigripal y un test para detectar el coronavirus, además me dio una palmadita de ánimo en la espalda, que es lo que hacen los buenos profesionales cuando, a renglón seguido, te va pegar un puyazo con la cuenta.

Sin sucumbir al pánico, salí de la farmacia corriendo hacia mi gruta mientras gritaba “¡Dios mío voy a morir!” y “¡estamos perdidos. Arrepentíos!”. Nada más llegar me hice el test de antígenos, que es como los que sabemos de medicina llamamos al mojito cubano realizado con restos orgánicos.

Cogí esa varilla puntiaguda que trae el test y me la introduje por la nariz para captar efluvios varios y virus fatales. Al principio molestó un poco pero, a base de hacerla entrar y salir de manera repetida y rítmica, al rato ya no me parecía tan inadecuado lo de ponerme Manuela como nombre artístico.

Seguí todos los pasos, eché las gotitas de mis efluvios en la cajita ad hoc esperando la fatídica señal. Estaba convencido de que no saldrían dos rayas indicándome el positivo en covid, como decían las instrucciones, sino directamente una cruz al tiempo que sonaba el Requiem de Mozart.

Tras una tensa espera de 15 minutos, la barrita del test solo marcaba la raya de la "C", que significa que has hecho el "capullo" regalándole otros seis euros a los chinos por un producto que vale 0,20 céntimos y que llega a nuestro país con menos papales que un burro robao.

Sin embargo, mi test no era técnicamente made in China sino made in Taiwan, que son como los chinos listos de China, así que era una versión mejorada que incluso te contaba lo que no querías saber.

Y así, de esa forma tan fría y cruel, me enteré de que estaba embarazado a pesar de que ella siempre me juró que tomaba la píldora. Zorra.

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