Milton

El cumple

A pesar de que hace una década que dejé de cumplir años, la semana pasada fue mi cumpleaños y me di cuenta de que mi pandilla tiene una idea equivocada de mí al detectar en los regalos recibidos que pueden considerarme algo frívolo e incluso hedonista.

Por supuesto, ello no me impidió aceptar con resignación los múltiples presentes, primero por educación y, segundo, porque eran de gratis. Imaginen que los Reyes Magos llegan al portal de Belén y María o José les dicen que pasan de incienso y de mirra pero que se quedan con el oro, que es lo que habría hecho cualquiera con dos dedos de frente, aunque habría resultado ciertamente descortés, amén de fastidiarle la cabalgata a los críos.

Aclarados los antecedentes históricos de los hechos que nos ocupan, resulta que mi pandilla solo me ha regalado numerosas botellas de vino, puros habanos, un vale caducado de un 2x1 en un table dance de Puerto Banús y una navaja suiza multifunción, pero la versión made in China, de esas que vienen con la obsolescencia programada y empiezan a autodestruirse cuando das las gracias por el regalo.

Y, aunque agradezco profundamente lo recibido, yo soy un intelectual y he echado de menos que me regalasen libros, una versión en chino mandarín del “Tao Te Ching”, de Lao Tsé, o el no menos apasionante “Cartas” de Epicuro, o clásicos similares. También me habría gustado recibir algunas películas “indi” del cine uzbeko en versión original y en cinta VHS, o las grabaciones de los discursos de Manuel Azaña en vinilo. Por supuesto, las "Reflexiones existencialistas sobre la tórrida arena de las playas de Malibú" de Pamela Anderson, un clásico inevitable en cualquier biblioteca que se precie.

En todo caso, cualquier regalo es siempre una muestra de afecto. Solo me descolocaba la navaja suiza pero comprendí el mensaje cuando me fijé que incluía sacacorchos. Aunque viene sin libro de instrucciones. Malditos chinos.


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