Milton

Naufragio

Llevo varios días sin contarles las apasionantes anécdotas de mi vida por dos razones. La primera es porque sigo perfeccionando la técnica de vivir como un parásito sin pegarle un palo al agua y, la segunda, es porque he estado de luto: mi somier ha fallecido.

Sé que a algunos les parecerá frívolo y entiendo que sean solo los vaqueros norteamericanos que recorren las amplias praderas de Wyoming y los indios arapahoes de las llanuras de Machachuches quienes comprendan el nexo tan íntimo que la convivencia crea entre un jinete y su caballo, idéntico al que nace entre un hombre y su somier.

Por eso, aunque les parezca mentira, porque lo es, la otra noche estaba en el sagrado tálamo de mi gruta con una valkiria en un momento de íntima reflexión cuando, en de pronto, la cama empezó a escorar hacia la izquierda como si hubiera tropezado con el iceberg del Titanic. Rápidamente, me coloqué el chaleco salvavidas, lancé bengalas de auxilio y mande varias señales de SOS en morse utilizando la linterna del móvil.

El somier sucumbió, sus patas cedieron más rápido que el Gobierno de Pedro Sánchez ante los secesionistas catalanes y cuando, finalmente, nos vimos los dos rodando por el suelo, fui consciente de que eso me pasa por ser tan machote. Les aseguro que, mientras valkiria y yo rodábamos por el frío suelo, aún escuchaba los sones del cuarteto de cuerda sobre la cubierta de primera clase.

Por supuesto le dije a la joven que no se asustara, que a mí siempre me pasaba esto a pesar de que Irene Montero insista en lo de la igualdad de género, que cuando me cruzo con algún trabajador de Flex siempre se me abrazan con lágrimas como puños para darme las gracias por pagarle la carrera a los niños. Tarzán y yo somos así.

Pero en aquellos momentos de caos e incertidumbre, mientras el somier se hundía escorado por babor y la valkiria trataba de salvar la vida asida al ladeado armazón de ese nido de amor, recordé lo que aprendí de Leonardo Di Caprio y empujé a la joven lejos del pecio, encomendando su alma a las profundidades con el ánimo de evitarle sufrimientos, consciente de que era lo mejor para ella y, sobre todo, para mí.

Y cuando al día siguiente le conté a un conocido la tragedia del naufragio de mi somier, me comentó que, en realidad, Titanic no acaba así y que Lenardo no arroja al mar a Kate Winslet.

Eso me pasa por comprarle las pelis a ese productor senegalés del paseo marítimo que me vende las copias a dos euros.


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