Milton

Atormentado

Estoy tan estresado por la intensidad con que nos bombardean las noticias en la tele que, incluso, tengo pesadillas en las que relaciono a personas y acontecimientos. Admito que, con cierta preocupación, que no alarma pues esta no es propia de caballeros, le he preguntado a un conocido que es psicólogo si podría llegar a padecer una crisis de ansiedad.

Por suerte me ha tranquilizado asegurándome que esas son enfermedades propias de ricos, de triunfadores natos, de personas sensibles, solidarias, generosas, con gran empatía e incluso amables, por lo que yo no me encontraba entre los grupos de riesgo.

Lo cierto es que primero me pasó con Puigdemont. Durante aquellas semanas en que los telediarios se pasaban el día dale que te pego con el huido, hasta el punto de que me pareció adivinarle una vez cuando estaba viendo una de las entregas de Rambo. Es cierto que podía ser un vietcong pero, para mí, que hasta le escuché gritar “¡Votarem, votarem!” antes de que el bueno de Johnny acabara con él.

Después vinieron los meses de pandemia, coronaviruses y vacunas, que me daban espasmos cuando, de madrugada, solo veía enfermeras asesinas que, entre risas demoníacas, me amenazaban con enormes jeringuillas.

Entonces, el volcán, retransmitiendo todas las televisiones el devenir de la lava con tal letanía que convertían el recorrido de Semana Santa de cualquier cofradía en una carrera de Fórmula-1. Y hasta me quedaba absorto mirando cómo el camarero me ponía las cañas porque me recordaba a la angustia que provocaba la llegada de la lava al mar, que ya casi estaba pero nunca estaba. Episodios obsesivos compulsivos todos ellos; ahora me hablan de la colada y en lo último que pienso es en mi lavadora.

Finalmente, esta pasada madrugada, entre sueños, mis demonios han venido a visitarme todos juntos, asociados en su afán de acabar con lo que me queda de cordura.

He visto a Puigdemont surfeando sobre la lava, volcán abajo, perseguido por Messi, mientras Fernando Simón, con torso desnudo, todo pintado de camuflaje y con una enorme jeringa entre los dientes, reptaba por la jungla vietnamita hacia mí para vacunarme contra mi voluntad.

Yo corría despavorido por un pasillo que siempre terminaba en la sala de prensa de La Moncloa donde Pedro Sánchez me explicaba una y otra vez su Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia. Sonaba el teléfono, un teléfono aparecido en el sueño por las buenas, y era la ministra de Hacienda, María Jesús Montero. que con voz sepulcral me repetía sin cesar: sé lo que hiciste el último verano. Escuché perfectamente sus lúgubres carcajadas antes de colgar. Y sé que era ella porque llamaba a cobro revertido.

Entonces, entre sudores, me despierto horrorizado, o creo hacerlo, y descubro que no es cierto lo que me dijeron mis padres. No me encontraron recién nacido en el pasillo de lácteos del Aldi, sino que me descubrieron siendo un bebé, envuelto en teletipos de la Agencia Efe, en el plató de los informativos de Antena3.

Y cuando realmente despierto sobresaltado y logro recuperar la tranquilidad, reflexiono sobre lo sucedido, porque, ¿saben qué? siempre he sospechado, he sabido en realidad, que mi padre era Vicente Vallés. A pesar de que no me quiera.


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