Milton

Ha comenzado

Inicialmente se trataba de una moderada presión psicológica. Ese conocido que te pregunta qué vacuna te han puesto; días después, otro que se sorprende al saber que aún no me he vacunado a pesar de mi edad. Hasta el que, bajando la voz para no delatarte, te pregunta si eres negacionista. No hay duda, el asedio ha comenzado.

Luego te encuentras a alguien por la calle que va mostrando con orgullo su móvil con el código ese que demuestra que te han puesto las dosis. Y cuando notas que hasta los policías empiezan a mirarte con suspicacia, sabes que eres el de “La invasión de los ultracuerpos”, la peli en la que los marcianos nos sustituyen por los suyos y señalan a los pocos humanos que van quedando.

Hasta me han llamado de mi sucursal de Abarca y Devora Ltd. Bank para animarme a ponerme la vacuna. Y ya le he dicho al interventor que no me parecen muy de fiar, que eso de tener que firmar un consentimiento en plan “allá tú”, da un poco de yuyu. Que incluso hay gente que se ha muerto por vacunarse.

Sin embargo, el interventor me ha animado asegurándome que el fatal desenlace es solo una posibilidad remota y, además, viendo como tengo la cuenta corriente es una salida digna. No me ha convencido.

Dentro de poco comenzará el acoso psicológico con tácticas más sutiles, cuando el barrendero municipal intente que me suba al recogedor. O, como ya me sucedió la semana pasada, que iba por el centro de Marbella seguido por un sacerdote dándome la extrema unción mientras dos monaguillos esparcían incienso a mi alrededor. Algunos viandantes hasta se santiguaban a mi paso y los turistas guiris se hacía selfies pensando que era algo de la Semana Santa.

Sé que, al final, la civilización me relegará por no haberme vacunado y tendré que exiliarme a alguna isla caribeña donde solo podré soportar la soledad gracias a las numerosas jóvenes nativas que, vestidas únicamente con sus tradicionales falditas de hojas de palma, se pasarán el día sirviéndome piñas coladas, mojitos y cosas así.

Echaré de menos leer a los presocráticos en la biblioteca municipal, hacer la declaración de la renta y que me despierte cada domingo algún capullo con una radial, pero es principalmente en la adversidad cuando un hombre ha de mantenerse fiel a sus principios.


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