Milton

Existencialistas

Pocos somos conscientes de lo que ha significado acabar con el estado de alarma en toda su dimensión social y vital. Para muchos, la mayoría, ese estado solo ha sido un obstáculo a sus libertades pero, para los que somos leídos y escribidos, ha supuesto el trágico final de una forma de vida que, aunque efímera, nos mostró otra realidad.

De hecho, ayer mismo, el sargento Peralejos, antiguo miembro del equipo de intrépidos guardias civiles del brigada Quintanilla, al que conocí en mi juventud durante uno de los múltiples controles de alcoholemia establecidos de madrugada a la salida de Banús, me reconoció que no sabía qué iba a ser de él después del estado de alarma.

Peralejos, siguiendo a Dostoyevski y a Kierkegaard, tras muchos controles de movilidad realizados durante el estado de alarma, se había convertido al existencialismo.

Y eso es normal, porque después de tanto preguntar a la gente quién eres, a dónde vas, de dónde vienes, lo lógico es que uno se replantee la propia esencia de la existencia y termine preguntándose también si habrá sopa en el menú.

Obviamente, como cualquier atormentado existencialista, Peralejos había casi alcanzado la esencia del ser humano de tanto hacer preguntas profundas. Hasta me reconoció que había realizado una terapia de grupo con borjamaris de Majadahonda a los que había trincado intentando saltarse el confinamiento para pasar el fin de semana en Benidorm. Y eso, marca.

Por eso les digo que, aunque muchos crean que con el fin del estado de alarma también se acaba lo de pedirse dieciocho cervezas a las seis menos diez mientras el camarero recoge las mesas para cumplir con el horario de confinamiento -cosa que yo nunca he hecho-, lo cierto es que perdemos mucho más que eso.

Tal vez porque dejemos de hacernos esas grandes preguntas que nos definen como seres humanos y, como teme Peralejos, nos lancemos a esos mundos de Dios sin pararnos a pensar en la herencia que nos dejaron los existencialistas.

Y es cierto que, aunque es lo mismo pedirse las dieciocho cervecillas diez minutos antes del cierre del garito a las dos de la madrugada, no es lo mismo que hacerlo a la hora feliz. Creo que fue Franz Kafka el que lo dijo. Otro gran existencialista, como Peralejos. Aunque no estoy seguro si también era de la Benemérita.


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