Milton

"Protocolo 18:00"

Está todo el mundo quejándose con eso de que ahora nos cierran los bares a las seis de la tarde cuando, en realidad, son esos que se quejan los que deberían preguntarse lo que Winston Churchill dijo en la Segunda Guerra Mundial a un ciudadano de Reino Unido: “No preguntes qué puede hacer tu bar por ti. Pregúntate qué puedes hacer tú por tu bar”. Bueno, o algo parecido.

Por eso, cuando llego a mi gruta de las Tierras Altas al cerrar los bares, activo el “Protocolo 18:00”. Porque en estos tiempos de pandemia, para todo hay que tener un protocolo, que el otro día me llamó Elsa Pataki para proponerme cosas guarrunas inenarrables y, al comprobar que no constaba en el protocolo aplicable, le colgué el teléfono.

Bien, pues siguiendo el “Protocolo 18:00”, saco la tabla de la plancha, la pongo junto a la cocina, saco también mi nueva plancha sin cable y la coloco en un extremo de la tabla. Entonces me posiciono en el otro lado y, mientras seco unos vasos, le pregunto a la plancha qué desea tomar.

En ese momento, y con agilidad felina, me paso al otro lado de la tabla, colocándome cerca de la plancha pero con la distancia suficiente para que entienda que puedo estar interesado pero que no soy un tipo fácil. Advierto al camarero de que la señorita tomará lo mismo que yo, una cervecilla de lata, agitada pero no batida, como James. “Si la dama me lo permite”, inquiero con mi conocida educación británica. Porque en el ligue de barra hay que ser decidido, pero sutil y elegante.

Entonces me paso al otro lado de la tabla y le preparo a los clientes las bebidas solicitadas. Como profesional de la hostelería con amplia experiencia, percibo que existe una tentativa de ligoteo, por lo que es necesario dejar al caballero en buen lugar para que logre colmar sus instintos más bajos y conseguir así el noble objetivo de la generosa propina.

Coloco las cervezas y vuelvo al otro lado de la tabla. Con mi originalidad a la hora de pegar la hebra con una desconocida, pregunto a la plancha si no nos hemos visto antes y si estudia o trabaja. No es muy conversadora, se hace la dura, como todas, pero sé que, en cuanto le dé corriente, acabaré con sus defensas y lograré que hierva toda ella. Hasta echará vapor la muy traviesona.

Es el momento en que la animo a salir del local hacia algún sitio más íntimo. Vuelvo al otro lado de la tabla y, mientras sigo secando vasos, veo al caballero rodear con su brazo la cadera de la plancha sin cable. Y siempre me pregunto por qué me tocarán los ligones rácanos que no dejan propina. Aunque también es verdad que esta plancha siempre ha sido un poco pendón.

Les digo una cosa, si algo demuestra el "Protocolo 18:00" es que el bar no es un establecimiento sino una forma de vida que se lleva en la sangre.


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