Milton

Rowenta

Qué gran experiencia mística he vivido esta semana, cuando me acerqué a un centro comercial a comprarme una aspiradora. Y ya saben lo que sucede cuando te compras tu primera aspiradora; es uno de esos momentos que marca un antes y un después, como lo mío con la Pataky, la mili o la primera declaración de la renta.

Admito que, en un principio, no fui consciente de la trascendencia de lo que iba a acontecer durante aquella intensa jornada, y me pasa como a la mayoría de la gente, que voy a estos centros comerciales porque el parking es de gratis. Y eso a pesar de que mis amigos dicen que no tiene mucho sentido porque yo no tengo coche.

Un burdo tecnicismo, en realidad, que no priva de la satisfacción de consumir algo sin pagar a pesar de que no lo necesitas.

De hecho, siempre me quedo en pie unos minutos, ocupando una plaza de aparcamiento, y cuando alguien aparca al lado le invito a ser solidario con los demás y con el medio ambiente, comprándose un coche eléctrico como el mío. Un par de veces me han preguntado cuánto me había costado.

Puede parecerles una cuestión baladí porque lo es, pero lo de tu primera aspiradora convierte cualquier día en “ése día”. En realidad, para mí era la segunda aspiradora. Lo de la primera fue hace años, pero no funcionó.

Aquella primera derrochaba de todo, hasta energía, y cuando aspiraba era de las potentes, de las que se lo llevan por delante.

Desde el primer momento sospeché que sus sentimientos no eran sinceros y lo comprobé un día en que estaba aspirando la alfombra del dormitorio y, en un momento de descuido, aspiró mi cartera con tarjetas de crédito y todo. Zorra interesada.

De ahí pasamos a la tragedia. Yo insistí en hablarlo, pero ella se limitaba a hacer ese zumbido tan molesto mientras seguía aspirando lo que pillaba. Reconozco que perdí los nervios y, de un tirón, arranqué el cable del enchufe de la pared. El zumbido cesó casi en el acto y el lúgubre silencio post mortem invadió el dormitorio.

Temí que me procesaran por violencia de género así que, con la coartada de que se había estropeado y haber caducado la garantía, entregué la aspiradora, ya inerte, en un punto limpio itinerante de esos que pone el Ayuntamiento.

El fiscal jamás pudo probar nada pero aun sabiéndome a salvo, me siento culpable y, de cuando en cuando, me despierto en mitad de la noche, empapado en sudor, gritando su nombre: "¡Rowenta, Rowenta!".

En fin, me pongo a recordar, vuelven los remordimientos y me pierdo. El próximo día les cuento lo de mi segunda aspiradora. Nadie escapa a su pasado.


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