Milton

Falso positivo

Ante el preocupante repunte de brotes de coronaviruses que se está produciendo, debo insistir en la recomendación que hacen desde todas las administraciones públicas: que a esta enfermedad le pasa como a las cejas de Fernando Simón, no hay que tenerle miedo, pero sí respeto.

Por eso, si en algún momento notan los síntomas de estar infectados con el covid-19, lo mejor es la solución tradicional de rasgarse las vestiduras y correr sin rumbo llevados por el pánico mientras se mesan los cabellos y gritan “¡voy a morir, voy a morir!”.

Otra opción es toser, estornudar y moquear a todos los empleados de tu sucursal bancaria en plan yihadista biológico, y hacer lo mismo con los machotes guapetes de figura atlética, que conduzcan un buga molón y vayan acompañados de una de esas valkirias exuberantes del tipo de las que uno siempre quiso conocer íntimamente pero que nunca te miraron por ser un pringado.

A algunos esta forma de actuar les puede parecer egoísta e insolidaria, ya saben, un poco lo de “mal de muchos, consuelo de tontos”. Pero consuelo al fin y al cabo, no lo olviden.

Sin embargo, cuidado con equivocarse en el diagnóstico, lo que los entendidos llamamos un falso positivo. Que a mí me pasó hace unos días estando en casa. Me subió la temperatura y comenzaron los sudores, y eso que en la tele no estaban poniendo nada guarruno. También sentí cierto mareo y sensación de ahogo.

Sabía que estaba perdido y llamé pidiendo ayuda médica, aun sabiendo que cuando llegaran solo encontrarían mi cuerpo inerte sobre el teclado.

Pues miren por donde, fue un falso positivo, que me dijeron los de la ambulancia que no era el coronaviruses, aunque lo que sí tenía fatal es la vista que, con todas las ventanas cerradas, lo que no se puede es poner el aire acondicionado a 38 grados.

Me sentí aliviado, aunque también comprendí por qué los chinos ponen esas letritas tan pequeñas en todos los mandos a distancia: por si sobrevivimos al virus.


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