Milton

Conspiración

Menos mal que ya hay gente que va despertando y empieza a señalar que el origen de la pandemia es de naturaleza conspirativa. Algunos hasta acusan directamente a Bill Gates, a George Soros o a los chinos como culpables de haber provocado la expansión del coronavirus. Van en la dirección correcta, pero no han sido ellos.

Y eso que admito que yo también contemplé la posibilidad de que el origen del virus estuviera en una conspiración judeomasónica ejecutada en turbio contubernio con comunistas seguidores de Bakunin, todos ellos bajo el sólido liderazgo de Pamela Anderson. Porque no son muchos los que saben lo de Pam con Osama Bin Laden, que yo me enteré por casualidad y me llevé un disgusto horroroso. Aunque, a decir verdad, siempre sospeché que había otro. Arpía infiel.

Bien, pues me equivocaba, no fueron ellos. Al igual que tampoco fue Bill Gates, que es solo culpable de que el Windows te deje colgado más veces que el bus de la Línea 1 a Puerto Banús en día de lluvia.

Y tras mi concienzuda investigación, también tuve que descartar a George Soros porque es de origen húngaro, lo que significa que ha ganado su fortuna enseñando a los osos a bailar animados por la música de un violín, pero de virus letales, ni idea. Además, George es casi mi héroe; recuerden que llevó a la quiebra al Banco de Inglaterra en 1992, y ya saben que quien roba a los ricos para quedárselo, es casi como Robin Hood, no un genocida biológico.

Descarten también a los chinos y no teman al entrar en sus tiendas porque no les van a contagiar el Covid-19. ¿Cuándo el chino del Todo a cien te ha dado algo gratis? Impensable.

Lo del coronavirus es cosa de Hacienda. La idea era que pringaran solo aquellos a los que la declaración de la renta les saliera a devolver; lo que pasa es que, como la cosita está tan mala, por ahorrar, pidieron el virus a China por eBay, y ya saben que lo made in China sin certificado CE, es como comprarle piezas de repuesto a la empresa de mantenimiento de Chernobyl.

Aquello del comando de inspectores enmascarados de la Agencia Tributaria, esperando al contribuyente emboscados en un callejón oscuro para amenazar con romperle las piernas si solicitaba la devolución del IRPF, pasó a la historia.

El e-comercio está acabando con los últimos vestigios de romanticismo que nos quedan.


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