Milton

Inescrutables, que se lo digo yo

Ya sabía yo que la del otro día no iba a ser la única duda que iba a tener con lo de la desescalada. Esto del desconfinamiento lo ha provocado el virus ese chino, ambos comunistas, para acabar con el orden natural de las cosas en este Occidente cristiano de pasado glorioso que condujo a nuestros cruzados hasta las murallas de Jerusalén.

Y de verdad que he intentado aclararme con la tabla de horarios pero, tras varias horas de estudio y a pesar de haber hecho la mili, tuve que aceptar que el coronavirus ha venido para acabar con las cosas organizadas como Dios manda.

Recuerdo que hace solo un par de meses yo daba palmaditas de ánimo en las espaldas de aquellos amigos casados, con varios niños malcriados, uno o más perritos pequeños de lengua larga y que, además, estaban condenados a convivir con sus suegros.

Mientra me tomaba unas cervecillas y me fumaba un puro habano cómodamente sentado en alguna terraza, les veía pasar todos los sábados con el carrito de la compra, cabizbajos, resignados a su fatal destino, rendidos a la certeza de que la condena a supermercado es aneja a la de tirar la basura, sacar a los chuchos, hacer running para rebajar la inapelable barriguilla cervecera y recoger a los nenes en el cole a pesar de sus lamentables expedientes académicos.

Pues llega el virus chino y acaba en cuatro días con el orden natural que impera en las sociedades humanistas europeas desde antes incluso de la reforma de Lutero. Todo patas arriba en cuatro días.

Y el que era un pringao por definición, pasa a sentarse a la derecha del Creador. Porque con parienta, niños, abuelitos, perritos, compras en el súper, tirar la basura y demás obligaciones innatas a cualquier pringueitor, ahora resulta que van sumando salidas a base de cambiar perro por niño, luego por suegra y ésta por bolsa de la compra o por la de basura, y al final pueden estar en la calle más tiempo que durante un domingo de feria.

Era cierto, los últimos serán los primeros. Desde luego, los caminos del Señor son inescrutables. No somos nadie.


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