Milton

El confinado

Pues como hoy me han tocado la fibra sensible y un lector me ha preguntado si solo sé escribir estupideces, he decidido ponerme yo también en plan solidario y hacerles unas recomendaciones para sobrellevar mejor el actual confinamiento.

Empezaré por las nociones básicas sobre cómo evitar verse sometido, de modo siempre injusto, a restricciones en su libertad de movimiento.

A decir verdad, yo de esto no entiendo demasiado, y salvo aquella vez que un juez inflexible consideró que entrar en una sucursal bancaria a pedir un crédito con la cara cubierta por un pasamontañas era motivo suficiente para encerrarme, no puedo aportarles grandes conocimientos en la materia.

Si les digo la verdad, me pareció jurídicamente inasumible que su señoría no considerara que hacía frío como coartada para lo del pasamontañas. Incluso mi abogado estuvo de acuerdo con mi criterio, aunque me comentó que lo de la recortada del calibre 12 no ayudó demasiado a hacer creíble mi declaración.

Bien, les he contado esta anécdota banal e irrelevante para que aprendan que lo primero que ha de hacer un confinado, sea cual sea su naturaleza, es no dejarse coger con el arma humeante en la mano en el mismo lugar donde alguien, que nunca es usted, ha cometido un execrable delito.

Si aún así fuese descubierto por los agentes de la autoridad, cumplirá con el primer sagrado deber de todo confinado, que no es otro que el de fuga. Si, una vez cumplida esta sacrosanta obligación, viera frustrado el intento por la mayor velocidad y agilidad de los agentes del orden, su segundo deber, igualmente sagrado, es mentir.

Y ha de hacerlo con convicción y profesionalidad, que cuando a mí me pasó el malentendido del banco, era tan bueno en estas artes que, después de mucho declarar, terminé siendo el único que creía en mí mismo y eso, amigos míos, es autoestima, que es muy buena para el cutis.

Llegados a este punto, el confinado pedirá ver a un abogado, una caña, ración de gambas de Huelva y unos piquitos de pan. Normalmente solo te conceden lo del abogado, pero siempre hay que probar por si cuela.

En ese momento, el confinado invocará su derecho de habeas corpus, que es cuando, ante el titular judicial de guardia, esgrime su inocencia con la fórmula jurídica que dice que "si lo fuera sabío, no lo fuera hecho".

En mi caso, yo también pedí que me devolviera la escopeta de cañones recortados porque tenía enorme valor sentimental para mí pero, por alguna razón que aún hoy ignoro, el juez se negó.

Bien, pues es en ese sublime momento, al ordenar su señoría tu ingreso en prisión, cuando se materializa la privación de libertad y uno se convierte técnicamente en un confinado.

Visto así en frío les parecerá una bobada, pero les garantizo que es un momento muy emotivo. Casi, casi como cuando en mi época uno hacía la mili y te mandaban a un batallón de castigo en los territorios de ultramar para engrandecer el imperio. En fin, no quiero ponerme sentimental.

Bueno, algunos pensarán que estos consejos no son demasiado útiles en la actual situación con el coronavirus. Seguro que son los mismos que hace un mes no se imaginaban un mundo sin papel higiénico y mírennos ahora, rebuscando en el trastero a ver si nos queda algunos de esos tochos de Páginas Amarillas que daba Telefónica.


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