Milton

Arde Roma

En momentos aciagos de la Historia, cuando la tragedia llama a la puerta de nuestros hogares sin que se trate del cobrador del frac, pocos son los que se mantienen firmes ante la adversidad y plantan cara con valor a un destino fatal.

Por eso ayer, mientras todos ustedes corrían como conejos para refugiarse en sus casas, yo fui de los pocos que se mantuvo en su puesto de combate y, como manda el más rancio espíritu castrense, me atrincheré en un suntuoso local de restauración del paseo marítimo para contemplar como ardía Roma.

Si les digo la verdad, esto lo tenía previsto desde hace años, aunque yo esperaba que iba a ser con el tsunami que engullirá a Marbella tarde o temprano. Y me veía en la terraza junto a la playa, con un ayuda de cámara de librea a mi diestra sujetando un decantador de cristal de Bohemia, mientras yo alzaba la copa con un buen reserva de la Rioja contemplando como se aproximaba desde el mar un muro de agua de gigantescas proporciones.

En fin, lo del virus este ha resultado algo más cutre, aunque no ha desmerecido la puesta en escena. Ayer, en el paseo marítimo casi se podía palpar la fatalidad del destino, que cuando en el hilo musical del establecimiento comenzó a sonar la canción de Titanic, la figura de los camareros alineados en la puerta mientras yo, único cliente, veía desmoronarse el mundo a golpe de tinto y puro habano, no pude por menos que hacer un brindis por los músicos del naufragado trasatlántico.

Entenderán ahora por qué las barberías -las peluquerías son para blanditos modennos-, las tintorerías y los estancos permanecen abiertos tras la declaración del estado de alarma: Ningún caballero puede enfrentarse con gallardía a la fatalidad del destino, a la inevitable tragedia, sin la adecuada vestimenta, corte de pelo y, por supuesto, sin un buen y humeante habano en su mano.

Esperaba que, al amanecer, la Guardia Civil encontrara mi cuerpo inerte víctima del coronavirus, aún elegantemente sentado, manteniendo el distinguido cruce de piernas que permite entrever un calcetín granate de algodón egipcio insinuando solo la canilla, lo que denota inequívocamente educación en colegio de pago.

Y si no llega a ser por la taquicardia que me entró cuando vi la cuenta, habría sido perfecto. Les digo una cosa, el turismo se está cargando todo lo romántico.


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