Milton

Más que tú

Lo bueno de acudir habitualmente a conocidas bibliotecas de la ciudad para tomar cervecillas en la barra es que siempre puedes encontrarte con alguien que te convence de que su miserable existencia es peor que la tuya. Y aunque uno salga con la intención de meditar en introspectiva reflexión sobre la importancia de San Miguel y Cruzcampo en el santoral, siempre hay alguien que se empecina en impedírtelo.

Hoy mismo estaba en uno de estos lugares de culto cuando el del taburete de al lado se empeña en que su tío por parte de madre conoció al cuñado de mi suegro durante la guerra de Ifni. Que no tengas suegro no le desanima. Por el contrario, se siente enardecido cuando le rechazas la invitación a un orujo, porque yo, como soy de los de colegio de pago y curso de verano en Eton, me excuso mintiendo sobre lo mal que tengo el estómago. Error fatal.

Él tiene peor el estómago. Y el colon, horrible. Devastado por sangrantes úlceras gastroduodenales del peritoneo que le provocan dolores inenarrables. Y te anima a bajar al servicio que acaba de visitar para que veas lo que puede llegar a expulsar su organismo. Que por eso no tira de la cadena, para que todos vean que lo suyo es más.

Pero mi espíritu National Geographic no llega hasta ese punto así que le aseguro que me fío de su palabra. No obstante él insiste en narrarme con todo detalle lo que sucede cuando va al cuarto de baño mientras a mí, así como de pronto, me dejan de apetecer los trocitos de salchichas en salsa que me han puesto de aperitivo.

Rendido ante la evidencia, me declaro dispuesto a reconocerle ante notario que lo suyo es mas grave, mas doloroso y, sobre todo, más.

Por un momento parece satisfecho y hasta se calla. Un ardid. Vuelve a la carga para contarte lo de sus dolores musculares y las no menos devastadoras fiebres africanas que seguramente contrajo una vez que se tomó un cus cus en un restaurante moruno, que ha sido lo más cerca que el paciente estuvo del vecino continente.

Y es justo entonces cuando me doy cuenta y le pregunto si recientemente ha pedido comida a algún restaurante chino. Por un instante permanece pensativo para, segundos después, romper a llorar amargamente.

Se sabe perdido, el coronavirus no perdona.


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