Editorial

Una cagada bélica

Son muy pocos los que perciben el magistral fracaso que los occidentales hemos cosechado en la llamada guerra de Afganistán, con aquella precipitada, estúpida y temeraria invasión realizada en 2011 cuando, tras los atentados del 11-S, Estados Unidos buscaba a alguien a quien castigar, fuese o no culpable de lo que fuese y, sobre todo, que fuese fácil de matar. Nosotros, la OTAN, les seguimos como corderitos. Y ya saben que son precisamente los corderitos los que suelen terminar en el matadero.

Ayer sábado, día 1 de mayo, comenzó la retirada, que no repliegue, de los pocos efectivos militares extranjeros que quedan en ese país, y no, como pretende vendernos el presidente Biden y la Alianza Atlántica, porque lo hemos decidido así, sino porque fue lo acordado con los talibanes y ellos han amenazado con más venganza si hay retrasos en el calendario.

Aunque no nos guste, es de caballeros reconocerlo: nos han vencido y lo que estamos haciendo ahora es salir corriendo.

Las lecciones estratégicas de esta imborrable derrota histórica no van a cambiar demasiado los manuales de las academias militares de nuestro mundo. Aceptar que las potencias más desarrolladas y poderosas del planeta fueron vencidas por un grupo de cabreros que lucharon contra nosotros con poco sentido común y una insaciable sed de venganza, rompe nuestros esquemas de lógica cartesiana.

Los talibanes, con todas sus etnias, sectas y diferencias tribales, han hecho añicos a clásicos como a Von Clausewitz y los principios de su tratado “De la guerra”, y hasta Sun Tzu tendría que reescribir su “Arte de la guerra” de haber comprendido que vencer a un pueblo que no tiene nada que perder, no se puede conseguir sin un genocidio.

Para haber ganado en Afganistán, tendríamos que haberlos matados a todos, indiscriminadamente, a los treinta y cinco millones y medio de habitantes más los que no están contados.

Y lo que va suceder ahora, cuando antes del 11 de septiembre de este mismo año termine la retirada total, es que los talibanes arrasarán los restos del corrupto régimen que hemos instaurado artificialmente en el país. Se vengarán de todo aquel que parezca haber colaborado con el actual gobierno y, una vez terminada su limpieza de "infieles", reinstaurarán su “califato”, financiado por cierto por varias petromonarquías del Golfo que dicen ser aliadas de EEUU. Afganistán volverá a ser lo que los americanos prometieron destruir: una plataforma del integrismo islámico con más motivos para odiarnos que nunca.

Más de 150.000 muertos afganos -casi dos terceras partes civiles no combatientes-, más unos 3.600 soldados de la Coalición occidental -34 de ellos militares españoles- tras 20 años de guerra, convierten a la de Afganistán en la mayor cagada bélica realizada por un ejército moderno desde las Cruzadas.

Los norteamericanos, como jefecillos del conglomerado de tropas extranjeras, nunca llegaron a entender que para los afganos no éramos "el enemigo", sino solo uno más de los enemigos, y que nuestra venganza no era "la venganza", sino solo una más de las múltiples venganzas que se dirimen en ese territorio desde siempre.

Quizá lo único bueno que saquemos después de salir corriendo de allí con el rabo entre las piernas es que, a partir de ahora, no tendrán más remedio que seguir matándose entre ellos.


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