Editorial

Guantánamo cumple 19 años

La prisión de Guantánamo y un campo de concentración liberado por las tropas de EEUU durante la Segunda Guerra Mundial.

La prisión de Guantánamo, abierta por el Gobierno norteamericano en su base militar de esa bahía cubana, cumplió ayer, 11 de enero, su lamentable 19 cumpleaños, sin recibir la más mínima atención por parte de ningún Gobierno occidental. Solo los relatores de la ONU rompieron alguna lanza por los que aún siguen cumpliendo condena sin haber sido acusados, juzgados y sentenciados.

Y es seguro que, entre la pandemia y, en el caso español la tormenta “Filomena”, sean muchos los ciudadanos occidentales, mayoría de hecho, que piensen que ya tenemos nuestros propios problemas, que Cuba pilla lejos y que, si de lo que se trata es de acabar con la amenaza yihadista, el fin no justifica los medios, pero ayuda a considerarlos con indulgencia.

Sin embargo, para aquellos pocos a los que aún les queda algo de conciencia y sienten la solidaridad como lo que realmente es, sin la ridiculez de los aplausos ni la necesidad de rasgarse las vestiduras en manifestaciones de pijos para ser considerados políticamente correctos, la prisión de Guantánamo golpea el corazón de todos los países que vamos por el mundo jactándonos de nuestros paraísos democráticos, de ser estrictos cumplidores de las normas de un Estado de Derecho y, por supuesto, de la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Las imágenes de ese centro de internamiento, del trato a los secuestrados que se encuentran allí recluidos, recuerdan tristemente a aquellas en blanco y negro de campos de concentración. Sorprende que a los norteamericanos no se les remuevan las tripas al pensar que decenas de miles de sus soldados dejaron la vida en Europa para no volver a ver esas imágenes.

Y lo peor es que, como muchos advertimos en su momento, el repetir la táctica de los campos de concentración y permitir el secuestro de ciudadanos extranjeros en sus respectivos países para conducirlos en vuelos secretos a un lugar donde poder torturarlos a placer con el objeto de que cuenten lo que sepan y luego poder encerrarlos eternamente sin ser acusados ni juzgados por un tribunal de verdad -las comisiones militares no lo son-, no ha funcionado en absoluto. Al contrario, solo ha servido para enriquecer el martirologio del sunnismo radical, donde tiene su origen la mayor parte de lo que en Occidente conocemos como yihadismo.

A modo de chiste dicen que la CIA se enteró de la caída del Muro de Berlín solo cuando los cascotes le dieron en la cabeza. En el caso de Guantánamo, tampoco se han cubierto de gloria, la verdad.

Lo poco que sabemos de esas infames instalaciones que siguen ensuciando la bandera de los Estados Unidos y la imagen de sus Fuerzas Armadas, y de todas nuestras equivocadamente llamadas “democracias occidentales”, es que solo han servido para hacer proselitismo yihadista, una auténtica escuela de reclutamiento para muchos de los que luego se convirtieron en terroristas.

Muchas de las víctimas de esos atentados lo fueron gracias a Guantánamo.

Esperemos que el nuevo presidente de los Estados Unidos, que por su edad sí recuerda por qué lucharon en la Segunda Guerra Mundial, cierre de una vez esas instalaciones que son una vergüenza para los norteamericanos que las crearon y para todas aquellas “democracias” que lo consentimos.


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