Editorial

Y ahora, Bielorrusia

Imagen de una de las protestas en Minsk tras las elecciones.

De forma recurrente hemos traído a este espacio el tema de la incapacidad que tenemos los humanos para aprender de los errores cometidos y no parece suficiente el reciente ridículo que hemos hecho en Doha los países que nos embarcamos en la cruzada afgana, donde el secretario de EEUU, Mike Pompeo, se tragó con una fingida sonrisa el posado juntos a los gerifaltes talibanes.

Y aunque los diferentes países que formamos la coalición que invadió Afganistán a tontas y a locas no hemos tenido la dignidad de reconocer que un puñado de primitivos cabreros y montañeses nos ha derrotado a pesar de nuestra aplastante superioridad militar, lo cierto es que lo han hecho, nos han ganado, y por goleada.

Pues aun con este reciente bochorno histórico tan cercano, las democracias occidentales, capitaneadas por el siempre preclaro y carismático liderazgo de la Casa Blanca, insistimos en montar follones en países terceros con un estúpido afán de imponer a sangre y fuego nuestra forma de gobierno a la que, por alguna inexplicable razón, insistimos en calificar como democracia.

Estamos ahora repitiendo el error en Bielorrusia donde, no solo hemos decidido calificar de no válidas las elecciones de un país soberano, negando por la cara al Gobierno su legitimidad para serlo sino que, además, acariciamos ya la idea de colocar a la fugada líder opositora, a "nuestra" candidata en definitiva, en la presidencia, también por la cara y sin necesidad de hacer lo que se debe hacer: unas elecciones auditadas internacionalmente. El que el actual presidente Lukashenko haya dado un pucherazo, y seguro que lo ha hecho, no convierte en ganador, de modo automático y por exclusión, al contrario.

Sobre todo cuando, al igual que nos pasó con Ucrania, nos estamos metiendo de nuevo en el patio privado de Rusia, dando más argumentos a Vladímir Putin para aumentar su radicalismo y mostrar, con su habitual chulesca arrogancia, determinación. Incluso envenenando con agentes químicos al que le levante la voz.

Y si nunca es buena idea lo de colocar entre la espada y la pared a líderes despóticos que cada día han de demostrar su crueldad para mantener el liderazgo, peor aún será que un día no salga bien la jugada y nos encontremos con otro Afganistán, Irak, Siria o Libia, donde nos hemos cargado al despotilla de turno sin tener ni puñetera idea de qué hacer con el país al día siguiente.


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