Opinión

La ley de la selva

La violencia del último asalto a la valla de Ceuta ha sorprendido a las autoridades españolas.

Estaba claro que, como ya avanzamos muchos en su momento, el “gesto” de nuestro presidente del Gobierno dejando atracar al “Aquarius” en un puerto español, nos iba a traer muchos dolores de cabeza. Como de hecho está sucediendo.

El ministro del Interior, Grande-Marlaska, que parece haber sido infectado con el virus de “Los Mundos de Yupi” que aqueja al gabinete de Pedro Sánchez, insiste en que no ha existido ningún efecto llamada y que la llegada de inmigrantes se habría producido sí o sí.

Probablemente, aunque no en el número que están llegando y que ha desbordado absolutamente nuestra capacidad para gestionar ese chorro de entradas ilegales en suelo europeo.

Pero bueno esto, es lo que siempre pasa cuando un gobernante soberbio e ignorante en las labores del cargo confunde el poder con una varita mágica y se pone a tomar decisiones sin pararse a reflexionar un momento sobre un principio físico tan básico como el de acción-reacción.

Con su torpe decisión, Pedro Sánchez lanzó un mensaje nítido a los traficantes de hombres: que había que cambiar la ruta del Mediterráneo porque la cosa estaba fácil ahora en España, y había que hacerlo deprisa porque esa puerta no va a estar abierta por demasiado tiempo.

El resultado lo estamos viendo hoy, cada día, con la masiva llegada de pateras y con los asaltos a las fronteras en Ceuta y Melilla. En buena parte gracias a la estupidez cometida por el presidente del Gobierno, aunque hay que admitir que no es el único, pero sí el principal culpable. La falta de colaboración marroquí tiene el otro 50% de responsabilidad.

Es obvio que Pedro Sánchez no es consciente de cuánto están debilitando sus decisiones las fronteras españolas frente a los que pretenden cruzarlas ilegalmente.

Esa muestra de debilidad explica que el último asalto a la valla de Ceuta fuese, por primera vez, violento, con inmigrantes armados atacando a la Guardia Civil; ni lo es que los manteros senegaleses se enfrentaran esta semana a los mossos d’Esquadra, incluso con machetes, para que no les requisaran las falsificaciones que venden. Los mossos tuvieron que huir para evitar un linchamiento.

¿Qué ha cambiado?

Sencillo, si nuestro presidente del Gobierno conociera África lo sabría y sería consciente del mensaje que ha trasmitido.

En la mayor parte de ese continente, bondad es sinónimo de debilidad y generosidad implica incapacidad de defender lo que es tuyo. Es la ley de la selva, y no es un tópico. El más fuerte se come al más débil, no le invita a su casa a compartir la mesa.

Y cuanto más buenismo simplón muestre nuestro presidente peor irán las cosas, más gente se ahogará en el Estrecho y más se enriquecerán los traficantes de seres humanos.


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