Opinión

Que venga Aznar y lo vea

Lanzamiento de un misil de crucero el pasado viernes en el Océano Atlántico desde el destructor USS Farragut.

En esto de liarnos a bombazos con cualquier hijo de vecino, seguimos en la dinámica inaugurada por George Bush hijo durante la invasión de Irak, cuando lo de “hay armas de destrucción masiva en Irak” se convirtió en un mantra necesario para justificar la invasión ilegal de un país soberano.

Por entonces todos sabíamos que Sadam Husein no disponía de ese tipo de armamento, la capacidad militar del régimen después de la “Tormenta del Desierto” en 1990 había quedado reducida a armamento convencional ruso y viejo.

Pero, en realidad, a nadie le importaba, porque aquello no iba de guerra justa, bastaba con que fuera una guerra. Al fin y al cabo, lo de machacar un país que está a tomar por culo desde aquí tampoco nos ha preocupado nunca, siempre y cuando la tele no nos saque las imágenes de lo que hacen nuestras bombas cuando le caen encima a la gente.

Con lo del último bombardeo sobre Siria hemos seguido el mismo esquema y ahora todo queda justificado por el hecho de que las tropas de Bachar Al Assad han utilizado armamento químico en el conflicto. Otro mantra que nadie ha mostrado que sea cierto.

Estados Unidos y la UE aseguran que tienen pruebas de que esos ataques con gas de cloro y sarín se han producido, pero no publican las evidencias. Las imágenes aparecidas en los informativos del supuesto ataque no demuestran en absoluto lo que vende la voz en “off” y la lógica militar no invita a pensar que Al Assad va a meterse en un follón internacional cuando está a punto de ganar la guerra.

Actualmente, él sería el más perjudicado por el uso de armas químicas, sobre todo teniendo en cuenta el escaso efecto que este tipo de armamento tiene en el balance de un conflicto por su limitada letalidad.

El bombardeo que muchos países hemos apoyado con tanto entusiasmo, se ha producido antes de que una comisión internacional independiente verifique sobre el terreno los hechos de los que se acusa al régimen de Damasco, por lo que ya va a dar igual el resultado de esa investigación.

Y, de nuevo, en números, la cosa tampoco parece tener demasiado sentido.

Teniendo en cuenta que cada misil de crucero tipo Tomahawk sale por alrededor de 1.174.000 euros en su versión táctica (y es un precio de hace más de 5 años), el lanzamiento ayer de 105 de esos cacharros sobre territorio sirio costó 123.270.000 euros, solo en bombas, sin contar otro montón de cientos de millones en desplazar barcos, aviones, tropas, logística...

Todo para destruir una fábrica de supuestas armas químicas de tres plantas y unos almacenes. No parece que sea económicamente rentable. Salvo, claro está, para el que vende los misiles, construye los barcos o los aviones.

Lo cierto es que, hasta hoy, nadie ha presentado ante la opinión pública una sola prueba inequívoca de que el ataque con armas químicas se ha producido, cosa que, sin duda, Washington habría hecho de haberlas tenido.

Esto sin pararnos a dilucidar cómo es posible dar ruedas de prensa junto a depósitos destruidos que acumulaban productos químicos letales solo horas después del bombardeo.

Y también es cierto que, de nuevo, se ha bombardeado un país soberano sin contar con un mandato de la ONU, como exige del Derecho Internacional.

Si esto no es un remake de “hay armas de destrucción masiva en Irak”, que venga Aznar y lo vea.


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